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lunes, 29 de septiembre de 2025

Raíz de Olivo. Relato de Eladia tristán


En De Sur a Sur Revista de Poesía y Artes Literarias, relato breve Raíz de Olivo, de la escritora Eladia Tristán. Había en él una curiosidad inusual, una chispa que se encendía cuando algo le fascinaba, entregándose a ello sin reservas. Pero en aquellas tareas que no eran de su interés, se mostraba esquivo, huraño...


***


Apenas estacionó el coche al volver del trabajo, el teléfono sonó. En la pantalla apareció el logotipo del Centro de Acogida. "Ya podrían dejarme tranquilo de una vez", murmuró sin atreverse a ignorar la llamada.

 –Sergio, es necesario que vengas. Hemos recibido a siete menores de una patera. Tienen entre catorce y dieciséis años y no son precisamente fáciles de encauzar. Ninguno habla español ni francés. Te necesitamos –dijo el compañero.

 –Está bien, Ramón, voy de camino, pero quiero un día de compensación en Navidad –respondió casi molesto.

 

El grupo, inusualmente uniforme, parecía una excursión escolar. Los chicos habían alcanzado el mar de Alborán, donde su cayuco fue interceptado por las autoridades costeras. A pesar de la dureza de la travesía, se encontraban relativamente bien. Hablaban únicamente árabe, aunque no era difícil adivinar que detrás de las barreras del idioma había un acuerdo implícito para dificultar las cosas a los educadores de "La Casa", el internado al que fueron enviados.

 

El subdirector se dirigió a ellos en su idioma. Les explicó el protocolo a seguir y las normas del centro, haciendo hincapié su estricto cumplimiento, en el respeto al personal educativo y entre ellos mismos. Les habló de las distintas instituciones por las que habrían de pasar los próximos días, el objetivo de reunificación familiar y la inmediata escolarización.

 

Después, pidió a su compañero que les mostrara las dependencias y los acompañara a acomodarse en su grupo de convivencia antes de cenar. Él los esperaría en el comedor. Allí solía observar la interacción entre ellos. Los chicos quedaron exhaustos después de la cena y de la obligatoria ducha. Al día siguiente les esperaba la primera clase de español para extranjeros.

 

–Maestro, yo te conozco –dijo el chico a la mañana siguiente mientras le entrevistaba.

 

–Tú eres el que sube las montañas en bicicleta–. De una sola mirada recorrió todos los objetos de la habitación, reparando en las fotos y en el caracol de madera. –Eso lo vendía yo. –Observó orgulloso.

 

Sí, era el mismo niño que le vendió el caracol. Había crecido, pero seguía teniendo la misma mirada inteligente. Resultaba difícil olvidar la astucia de aquel chiquillo que conoció en uno de sus viajes por la cordillera del Atlas Sergio se acercó al despacho de su compañero con la necesidad apremiante de comentarle sus impresiones.

 

–Eh, Ramón, conozco a uno de los chicos, es el más bajito de todos. Es el mismo que me vendió el caracol que tengo en el despacho. Debía de tener unos once años cuando lo conocí.

 

Ahora andará por los catorce.

 

–¿Estás seguro?

 

–Tan seguro como que habla francés, algo de inglés y no me extrañaría que conociera el español.

 

–Pues entonces, no entiendo qué pretenden, porque ha sido imposible sacarles una sola palabra.

 

Karim no tardó en destacar entre sus compañeros. Había en él una curiosidad inusual, una chispa que se encendía cuando algo le fascinaba, entregándose a ello sin reservas. Pero en aquellas tareas que no eran de su interés, se mostraba esquivo, casi ausente. Tampoco era fácil de llevar. Cuestionaba las normas con una mezcla de astucia y descaro, manteniendo el punto exacto de tensión para no ser sancionado. Conocía la fortaleza de cada educador y manejaba la convivencia en La Casa con la habilidad de un maestro en artes marciales, poniendo en jaque a los adultos. Sin embargo, se podía contar con él. Quizá por ello a su tutor le sorprendió tanto que se negara a participar en las actividades de preparación de la Navidad. Ese fue el comienzo de unos días difíciles en los que el chico fue tornándose cada vez más huraño y solitario.

 

Aquella mañana el subdirector lo llamó al despacho. Karim acudió contrariado, pero a Sergio no se atrevía a retarle. Lo respetaba y sentía afecto sincero hacia él.

–De ese tema no voy a hablar –respondió cuando le preguntó por sus padres. Según la ficha policial el menor era huérfano desde muy corta edad.

–Entonces háblame de tu familia.

–Mi abuelo es pastor y mi tío cultiva la tierra. Ya lo sabes, ¿puedo irme?

–¡No! Se ha encontrado una navaja en tu armario. De sobra sabes que las armas están prohibidas. Es lo último que esperaba de ti. Antes de que te trasladen a un centro reeducativo, quiero que me des una explicación.

Sergio sabía que era difícil obtener una respuesta. También sabía que no le mentiría, pero le había decepcionado. Había confiado demasiado en este chico, quizá sobrevaloró su potencial.

Delante del muchacho redactó la propuesta de cambio de centro y, contrariado, le informó de su nuevo destino. Karim, erguido en el asiento, escuchaba con la mirada fija en el caracol que servía de pisapapeles. Detrás de esa mirada casi ausente, se podía vislumbrar la sombra de un profundo dolor encapsulado tal vez desde la infancia. Mientras concluía el protocolo, pensaba en lo difícil que resultaría acceder a ese dolor desde las estrictas normas de un centro correctivo.

A media tarde se percataron de que el menor se había fugado. De su armario sólo faltaba el grueso anorak y la cartera con el poco dinero reunido de las pagas semanales. A Sergio siempre le invadía la impotencia mientras esperaba a que la policía admitiera la denuncia de fuga. Era un tiempo vital para buscarlo, que se perdía en el estúpido entramado de la burocracia.

El chico no volvería por su cuenta. Pensó en los riesgos que corre un adolescente vulnerable, fugado del único hogar que conocía en España.

–He hablado con el grupo –le comunicó Ramón al volver–, ninguno sabe nada. Tan sólo Ahmed, su compañero de habitación dice que Karim tenía unos primos en el barrio, pero que él no intimaba demasiado con ellos.

–Habrá que indagar, me tiene muy preocupado.

Al terminar el trabajo, ya entrada la noche, el subdirector decidió buscarle por los barrios donde vivían sus compatriotas, con los ojos bien abiertos y un paquete de cigarrillos en el bolsillo. El tabaco facilita la conversación entre desconocidos, pero no encontró rastro alguno de un chico de catorce años, bajito, con anorak azul y gorra deportiva. Nada.

 

A esa hora, a más de quinientos kilómetros de La Casa, Karim amenizaba el viaje de unos conocidos camino de Francia.

Sergio necesitaba encontrar una razón para entender la fuga. Pidió información en distintos organismos. Desde servicios sociales internacionales le llegó un escueto informe que tradujo del árabe. Sus padres, emigrantes en Bélgica, habían fallecido en accidente de tráfico en España el veinticuatro de diciembre de 2015, quedando a cargo de su abuelo, con sólo cinco años. Lo anotó todo en su ficha.

Era la una de la madrugada cuando se produjo la discusión. A punto de repostar en San Sebastián, Karim calculó el coste de su viaje, incluidos los bocadillos, y entregó treinta euros al conductor antes de que éste llenara el depósito. Se bajaba allí.

–¿Treinta euros?, ¿con esto vas a pagar el viaje? –dijo uno de ellos– ¿Y la protección que te hemos dado, no vale nada?

–¡Mira su cartera, seguro que esconde mucho más! –ordenó el otro.

Impotente, vio cómo se apoderaban del único billete que le quedaba, despreciando las monedas. Se zafó de ellos a patadas y mordiscos, con una rabia contenida desde que le comunicaran el cambio de centro. Arropado por la oscuridad, corrió hasta un contenedor de basura cercano y saltó dentro. Aún escuchaba a sus conocidos vociferando. Recordó los momentos de su travesía. Si resistió el frío y la sed apremiante sin poder moverse en el cayuco, también podía resistir allí. En eso pensaba cuando escuchó unos pasos acercarse hacia él. La puerta abatible del contenedor se abrió con violencia y una bolsa de basura grasienta rodó hasta sus pies. De nuevo contuvo la respiración y el llanto, que pujaba por arruinarle el escondite, hasta que distinguió el ruido del Volkswagen alejarse. Aún habría que esperar para salir de allí.

Al amanecer se acercó a la gasolinera para sacar un chocolate caliente de la máquina. Y entonces sí, sabiéndose a salvo, se permitió llorar, entre sorbos de cacao humeante, camino del lugar donde sus padres se hicieron la última foto.

No le costó llegar hasta aquella playa. Dos grandes esculturas forjadas en hierro se agarraban a las rocas de la costa. De mayor, pensó, él también quería esculpir en hierro. No solo en madera de olivo, como hacía con su abuelo. Quería trabajar el metal, hacerse famoso, dejar su escultura en el lugar donde... buscó una canción para tararear, desechando esos pensamientos que a punto estaban de provocarle el llanto por segunda vez esa mañana. Corrió descalzo por la arena, cantando y gritando, dejándose mojar por las olas, las mismas olas que había contemplado cientos de veces en la foto de sus padres. Cuando apretó el hambre, buscó quien le condujera hasta la policía.

 

Era hora de regresar a casa.

Sergio buscó por última vez entre las pertenencias del chico. No podía abandonarlo a su suerte. Se preguntaba si tendría un diario, era el único con disciplina para hacerlo. Inspeccionó sus libros y cuadernos, llenos de dibujos en los márgenes, algunos de curiosas formas geométricas. Abrió cajones, levantó la cama... No encontró nada, salvo un abultamiento entre la gomaespuma del colchón, que se apresuró a descubrir. No podía creerlo. Allí estaba el cuerpo del delito: una colección de figuritas de madera se desplegó ante sus ojos como auténticas obras de arte. Entre ellas destacaba un busto tallado en raíz de olivo. Lo palpó y acarició con los ojos cerrados. Un escalofrío recorrió su espalda mientras reconocía en él su propio retrato tallado con la navaja que encontraron en el armario del chico. Karim había esculpido el caracol que le vendió años atrás, y ahora el busto de Sergio, captando su personalidad, su esencia. Entendió entonces su admiración por ciertas esculturas, los dibujos en los márgenes de los libros y el arma blanca encontrada en el armario. Recopiló el material y lo estudió a conciencia. Buscó en internet los dibujos. Existían. Dos de las figuras cobraron de repente significado. La fuga del menor, también. La denuncia en la policía seguiría su curso. Pero él tenía una pista.

Condujo toda la noche. Llegó a San Sebastián a medio día y fue directo a la playa, sin prisas, oteando los rincones en busca de un adolescente rebelde con sueños de grandeza. Sintió la magia de ese lugar, donde los vientos juegan entre las voluminosas figuras de hierro agarradas a la roca, desafiando al mar. Los Peines del Viento de Chillida le impactaron y calmaron su alma a partes iguales. Karim le había llevado hasta allí, ante esas impresionantes esculturas, en busca de un sueño fuera de lo común. Localizó la comisaría de policía más próxima, dispuesto a interceder para que activaran la búsqueda del menor. Y allí lo encontró, entre mantas y una bebida caliente, prestando declaración, dispuesto a volver a tierras almerienses. Se fundieron en un abrazo.

Las armas blancas no están permitidas en La Casa, ni siquiera para tallar madera. Karim cumplió seis meses de internamiento en un centro correctivo donde semanalmente podía recibir la visita de un familiar o responsable. Sergio no faltó a ninguna. A la salida, su tutor lo esperaba con el motor del coche encendido.

–Me alegro de verte –dijo mientras le recogía la bolsa de viaje.

–Yo también, maestro.

En la pantalla del navegador parpadeó un número internacional. Salam respondió pasando el teléfono al chico. –Es para ti.

Desde el asiento, Karim miraba a su tutor con ojos acuosos y la emoción contenida en la garganta, mientras se despedía de su abuelo. Con apenas un hilo de voz preguntó:

–¿De verdad no tengo que volver al centro, maestro?

–A partir de ahora seré sólo Sergio. Te vienes a vivir conmigo. He solicitado tu acogimiento familiar y tu abuelo ha estado conforme. Después del verano harás un ciclo formativo de escultura en piedra. Lo siento chico, pero no hay dinero para la escuela de Chillida.

***

Eladia Tristán (Almería, España), psicóloga, ha trabajado con la infancia más desfavorecida, una experiencia apasionante que le ha nutrido de historias de una sensibilidad excepcional. Desde muy joven, el amor por la literatura le ha permitido escapar, a través de la novela y el relato, de los claroscuros de la vida diaria, surgiendo así la necesidad de poner en palabras muchas historias gestadas a lo largo de los años, historias que tomaban vida propia, como si exigieran darse una segunda lectura y liberarse de sí mismas adoptando otro formato. 



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sábado, 28 de junio de 2025

La dama del carrito. Relato de Eladia Tristán



Aquella mañana desperté embotada, por más que el sol luciera espléndido. Era uno de esos días en que nada parece justificar la tremenda nube gris que pesa sobre tu cabeza y andas buscando escurridizas razones para entender cómo te levantaste con el ánimo tan distante al del día anterior. Me ocurre a menudo. En días así suelo salir a la calle, tal vez para descartar que entre las cuatro paredes que delimitan mi existencia, se pueda encontrar la causa de esa neblina intelectual y moral que ocasionalmente me visita. Se trata de salir, salir de casa para exponer el rostro al aire, con la esperanza de que una brisa amable barra los nubarrones de mi alma.

            Esos días todo luce opaco, como contagiado por la misma espesura con la que yo amanezco. Y la alegría que observo en las gentes que transitan ajenas a mi insatisfacción me parece artificial y escurridiza. En esos días mi vista enfoca afines rostros demacrados de sonrisas ausentes, miradas perdidas, e incluso miradas que escrutan con descaro el dolor de los demás. Y yo siento que la vida me está mostrando su peor disfraz.

            Salí una mañana cualquiera de invierno con intención de distanciarme de mi morada y distraer mis pensamientos entre los stands de una ocasional feria del libro. Apenas había perdido de vista mi calle cuando un inoportuno tirón muscular me dejó casi inmovilizada y hube de renunciar a caminar, no así a mi objetivo matinal. El transporte público se presentaba como la única forma de llegar al centro de la ciudad y perderme entre casetas de libros antiguos, Premios Planeta, caprichosas ediciones, literatura infantil y un sinfín de cuadernos de papel para aficionados al arte de escribir a mano.

            Y siguiendo con la tónica de la mañana, la parada del bus, casi vacía, vaticinaba una larga espera al sol de un invierno insultantemente cálido. Sólo una mujer de atuendo anodino, armada con un vetusto carrito de la compra esperaba pacientemente la llegada del transporte. Mi mala memoria también tiene honrosas excepciones y reconocí en ella a una paciente psiquiátrica de mi época laboral anterior. Enseguida me vino a la mente su diagnóstico, aunque lamentablemente no su nombre. Recordé de ella anécdotas –los pacientes psiquiátricos siempre regalan anécdotas– así como el rapado y tinte de pelo que delataban la extraña situación en la que se encontraba su mente. También recordé su alta inteligencia y el porte educado con el que nos exponía sus estrafalarios planteamientos. Durante unos meses tuvimos que lidiar a menudo con esta mujer que, convencida de haber nacido para ayudar a los demás –algo que profesaba como una misión divina–,  trataba de persuadir a mi equipo para que la nombraran cuidadora de un familiar afectado de Alzheimer. Ella por su parte tenía reconocido un grado II de dependencia según la Ley del mismo nombre. Nada más llegar a la parada, traté inútilmente de buscar entre los recovecos de mi cerebro el nombre de la paciente, pero la información que me llegaba era un sinfín de datos diagnósticos y anécdotas que esta peculiar mujer protagonizó durante los meses que no anduvo recluida en una vivienda supervisada de la fundación para la integración social de personas con enfermedad mental.

            La mujer me miró directamente a los ojos y me preguntó qué línea de autobús esperaba. ¡Si supiera que lo que más me urgía era encontrar entre mis neuronas un nombre con el que enterrar tanta información sobre su persona! Se mostraba educada y mantenía una charla inteligente tal como yo la percibía diez años atrás. Se había dejado crecer el cabello, aunque ahora lo  sometía a un anticuado recogido que perfilaba un rostro extraño pero bondadoso. Su pregunta era una invitación al diálogo. No se conformó con saber la línea de autobús que yo tenía intención de coger, sino que me informó de haberlo visto pasar minutos antes de mi llegada y trató de amenizar la posible larga espera que yo tendría que soportar. Me tiró de la lengua e invitó a mantener una conversación que por sencilla que pareciera, no era en absoluto banal. Yo le hablé de las ventajas de caminar y ella me respondió con las bondades de la aceptación cuando algo deja de resultarte accesible. Me contó su plan de trasbordos:

            –Siempre cojo un autobús –me dijo– pero hoy tengo que tomar dos, en la siguiente parada enlazo con la línea tres que me deja muy cerca de mi casa.

            Fue el inicio de un diálogo acerca del calor excesivo a primeros de diciembre como efecto del cambio climático, de la necesidad de no usar el coche a cada momento, de los problemas de la contaminación a nivel mundial, de lo inaccesible de los coches eléctricos para la clase trabajadora, del dolor de los océanos... Ella procuró en todo momento calmar mi posible contrariedad por la espera y me sorprendió con un:

            –Si tiene usted internet en el móvil puede consultar la hora de llegada, así sabrá cuánto tiempo tiene que esperar.

            Reconocí enseguida unas habilidades sociales que consideraba perdidas en estos tiempos.

            Me contó que no pagaba internet y por eso no podía hacer la consulta en su propio celular. Me habló de la aplicación y se ofreció para ayudarme a instalarla en el mío, a consultarla y a pinchar en la opción correcta. ¡Ya está! Faltaban sólo ocho minutos. Comentamos que era grato esperar al sol en invierno y ella me hizo saber que el tiempo de espera era solo aproximado, que lo calculaba una máquina y a veces erraba. Percibí su empatía, incluso con las "máquinas". Fue ella quien me advirtió de que mi autobús estaba llegando y que habría de estar atenta pues si no le hacía una señal de parada, el conductor podría pasar de largo. Lo dijo con ternura, sin un ápice de tomarme por alguien que no supiera coger un trasporte público. O más aún, con la inteligencia natural de quien conoce las almas humanas y se siente llamada a cuidarlas. Yo subí primero y me acomodé en mi asiento. Le ofrecí a ella uno libre frente al mío, pero me recordó que se bajaba en la siguiente parada y se quedó de pie cerca de la puerta.

            Anduve todo el trayecto tratando sin resultado de encontrar su nombre. En mi fuero interno la bauticé como "la dama del carrito" por afinidad con el cuento de Chéjov y así pude despojar de mi memoria el diagnóstico psiquiátrico que le daba identidad. Durante días recordé los quince minutos compartidos con esa peculiar mujer en la parada del autobús. Y durante mucho tiempo, creo, recordaré su empatía, algo imprescindible para el cuidado de los demás. Una empatía que hizo olvidarme de los nubarrones con los que mi espíritu se despertó aquella mañana de diciembre, y disfrutar de un día espléndido, enseñándome "las bondades de la aceptación cuando algo deja de serte accesible".

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Eladia Tristán (Almería)
, psicóloga, ha trabajado con la infancia más desfavorecida, una experiencia apasionante que le ha nutrido de historias de una sensibilidad excepcional. Desde muy joven, el amor por la literatura le ha permitido escapar, a través de la novela y el relato, de los claroscuros de la vida diaria, surgiendo así la necesidad de poner en palabras muchas historias gestadas a lo largo de los años, historias que tomaban vida propia, como si exigieran darse una segunda lectura y liberarse de sí mismas adoptando otro formato.


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