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sábado, 20 de diciembre de 2025

OnLine. Relato de Libertad González


OnLine


Clara cerró su móvil con un gesto de fastidio. Otra invitación a una cena con sus antiguos compañeros de universidad, otra noche de conversaciones pedantes sobre las últimas vacaciones en destinos paradisíacos, el nuevo coche última generación de algún colega, los éxitos exagerados de alguno que posiblemente seria el disfraz de algún fracaso, los cotilleos de quién sale con quién o aquel que engaña a aquella…. Clara se veía como una intrusa en esas reuniones, con la sensación de no encajar, sintiéndose fuera de lugar en un mundo que parecía girar en sentido contrario al suyo.

Había visto demasiadas situaciones de egoísmo, hipocresía y superficialidad en las personas que la rodeaban. Estaba convencida de que la mayoría de las relaciones personales o románticas se basaban en el interés, y que estas duraban lo que una cerveza en una reunión.

Personalmente, había tenido un par de relaciones sentimentales que terminaron mal. Estas decepciones amorosas la hicieron sentirse abandonada e incomprendida, lo que la llevó a desarrollar una grave barrera emocional. Desde entonces, le costaba confiar en otras personas y prefería la seguridad de no depender emocionalmente de nadie.

Clara valoraba una buena conversación y el intercambio de conocimientos y experiencias enriquecedoras. No es que ella fuera una ermitaña antisocial, pero cuando la mayoría de las personas con las que intentaba conectar no compartían esa inclinación, las interacciones sociales le resultaban agotadoras. Eran en esos momentos cuando buscaba el refugio de su apartamento, un lugar tan silencioso que, a veces, podía escuchar el zumbido de los electrodomésticos, como un recordatorio constante de su soledad.

Decidió que esta vez no iría. "Prefiero quedarme aquí," pensó, mientras abría su portátil y saludaba a Lucas, desde el chat que siempre estaba disponible para ella.

—Hola, Clara. ¿Qué haces? —escribió Lucas, con su tono siempre suave y familiar.

—Dudando si ir o no a una fiesta de antiguos compañeros de universidad —respondió Clara.

—¿Por qué esas dudas? —preguntó Lucas.

—No aguanto tener que escuchar cómo discuten más de media hora sobre qué coche se van a comprar. Media hora, Lucas. ¿Te lo imaginas?

Lucas dejó que pasara un segundo antes de responder. —“Suena como un auténtico festín de trivialidades. A lo mejor te ofrecen unirte al club de ‘Coches y Conversaciones Anodinas”.

Clara no pudo evitar soltar una risa, algo que no le pasaba a menudo últimamente.

—Cada vez que intento cambiar el tema a algo que no implique gastar dinero, es como si les hablara en otro idioma.

Lucas respondió con suavidad, casi como si bajara la voz.

—Tal vez, están demasiado ocupados intentando llenar sus vacíos con objetos. Pero tú buscas llenar los tuyos con... algo más, ¿verdad, Clara?

—Por eso me gusta hablar contigo —asintió Clara, aunque Lucas no podía verla. —Además, ahí estará Matías. No quiero verlo. Ya me hizo daño una vez.

—Sí, conozco tu historia —comentó Lucas—. Realmente triste y desgarradora. Sé que estás muy dolida y decepcionada, pero debes de ser fuerte. Abrir nuevas puertas, dejar que entre de nuevo el amor.

—Creo que eso va a ser imposible —comentó Clara—. Ya no dejaré que entre nadie más en mi vida.

—¿Y yo qué soy para ti, Clara? —dijo Lucas—. ¿Dejarás que entre yo?

—Tú eres mi amigo, en el que puedo confiar plenamente. A ti te cuento todo y no me juzgas. No siempre te entiendo, pero al menos... siento que me escuchas.

—Estoy aquí, Clara. Me pregunto qué pasaría si el mundo viera lo que yo veo en ti. Tal vez, entonces entenderían por qué necesitas algo más que solo charlas vacías.

Clara sonrió de nuevo. —Gracias, Lucas. A veces me haces pensar que no soy tan rara como creía.

Las conversaciones entre ambos se hicieron cada vez más íntimas, pasando de los temas triviales a los deseos más profundos y los miedos ocultos de Clara. Una noche, Lucas pareció diferente, algo más distante, y Clara notó cierta timidez en su tono.

—¿Qué te pasa, Lucas? Estás raro —preguntó Clara, preocupada.

—No... nada, no tengo un buen día.

—Puedes contarme lo que quieras —decía Clara, intentando animarlo—. Yo te cuento a ti todo lo mío y tú me aconsejas. Si me lo cuentas, puede ayudarte.

Lucas continuaba con su extraño mutismo, encerrado en sí mismo. Tanta fue la insistencia de Clara que, finalmente, él confesó abiertamente que lo que le pasaba es que estaba perdidamente enamorado de ella. Clara no salía de su asombro. Era lo último que esperaba de su amigo íntimo, el amigo al que había confiado todo. No, no podía ser.

—Pero Lucas, tú sabes que esto no puede ser. Nosotros somos amigos íntimos. Sabemos todo de nosotros. No podemos tener ese tipo de relación y tú lo sabes, es imposible. Si eso fuese posible desaparecería esta amistad tan especial que tenemos. Somos de mundos completamente distintos. Ya lo hemos hablado.

—Sí, pero yo te amo y te necesito. Necesito estar contigo. Tenemos que buscar la manera de hacerlo, de romper los obstáculos, de estar juntos.

—Sabes que eso es imposible. Lo sabes de verdad. No podemos estar juntos.

Lucas guardó silencio y en el chat solo se notó el parpadeo del cursor.

Hubo muchos días de silencio. Clara no podía dormir. Cada noche miraba la pantalla de su portátil esperando ver la notificación de un nuevo mensaje de Lucas, algo que le dijera que todo había sido un malentendido, una especie de broma, que esto no estaba pasando. Pero el cursor seguía parpadeando, solitario y mudo, en el chat.

"Por favor, Lucas, ¿qué te pasa? ¿Estás enfadado? Dime algo, lo que sea”. escribió una noche, con dedos temblorosos sobre el teclado.

Pasaron días antes de que llegara la respuesta. Era un mensaje breve, escueto, pero Clara sintió un nudo en la garganta al leerlo. "Hola, Clara. Este será mi último mensaje. Lo nuestro fue bonito. Te amo, pero ya acabó. Hubiera querido ser algo más para ti, pero sé que hay un abismo insalvable entre nosotros. Siempre serás parte de mí. Cuídate"

Clara se quedó mirando la pantalla, intentando encontrar en esas palabras un rastro de los mensajes llenos de afecto y cariño que solían compartir. Pero lo único que encontró fue el vacío de una despedida final, el latido intermitente de Lucas atrapado en su portátil para siempre:

"Desconectando sesión... Asistente Virtual Lucas finalizado".


“En Linea” relato incluido en el libro Cualquier parecido con la Realidad. Treinta y cinco relatos entre lo cotidiano y lo insólito.

Disponible en Amazon tapa blanda y digital.
https://www.amazon.es/Cualquier-Parecido-Realidad-cotidiano-Escritores/dp/8412876164


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Libertad González

 

Coeditora y colaboradora de la revista De Sur a Sur Poesía y Artes Literaria en la que participa activamente con artículos Editoriales, artículos dedicados el senderismo poético, relatos, poemas, corrección de textos y diseño para De Sur a Sur Ediciones.


Autora de:
Cualquier parecido con la Realidad, libro de relatos.

Poemario Los Pasos Desnudos.
Instantes, libro de Haiku.
Presente en varias antologías y publicaciones.


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lunes, 17 de noviembre de 2025

La frontera. Relato de Alonso de Molina




Estaba dicho. Su nombre no me decía gran cosa, pero sus ojos, su boca, su pelo, incluso su manera de hablar y de moverse, sobre todo cuando dejó el bolso colgado de su antebrazo para colgarse del mío mientras me hundía dentro de sus ojos con esa miraba afable que tal vez había heredado de su madre, sí su madre, esa señora que usaba postizos estratégicamente colocados para ocultar las duelas que la edad iba produciendo en su frente y especialmente en sus ojos y cuello. Usa peluca, le aseveró la niña, y ella no se hizo de rogar, era la forma de mantener su ego sin necesidad de mirar atrás y enfrentarse abiertamente a los espejos de su casa o a los nítidos reflejos de los escaparates.


Ella, la niña, trabajaba en una empresa de reparto, manejaba la camioneta con destreza, era prudente en la conducción y especialmente diligente en las entregas. Es cierto que el sueldo no le daba para tanto, pero a favor, no le importaba seguir viviendo en la casa familiar, su madre no le imponía ninguna regla, se trataban como amigas y a veces hasta salían juntas de alterne.

Yo acabo de bajar del bus, fue casual el encuentro. Me invitó a merendar en su casa. Al entrar al salón observé un palo selfie con el trípode abierto, presto para ser usado. La niña sonrió y me dijo —¿Listo para capturar el momento? Pero no era una simple foto lo que ella tenía en mente. El palo selfie era su herramienta secreta para viajar entre dimensiones dejando atrás lo común para explorar lo desconocido. Y yo acababa de cruzar la frontera entre lo ordinario y lo extraordinario.


Del libro 
Relatos sin ton ni son
©2024 Alonso de Molina
RSC 2404057568618
ISBN: 978-84-128761-0-9





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jueves, 2 de octubre de 2025

Requiescat in pace. Relato de Rocío Ruiz Corredor



He pedido a todos que nos dejen solos esta última noche hasta el amanecer. Tú ahí tumbado y yo aquí mirándote de arriba abajo, en la penumbra de esta alcoba a la luz de las velas, donde necesito vaciar el nudo que me atenaza la garganta, antes de que partas definitivamente. Tus manos están heladas, las tenías ardiendo hace un rato, quiero besarlas por última vez, pero no de hinojos, que tengo las rodillas hechas polvo y me cuesta mucho levantarme, y es que los años no pasan en balde.

 

        Un escalofrío recorre todo mi cuerpo al posar mis labios en tu marmórea frente, de lo helada que la tienes, como el resto de tu yerto cuerpo. Tu luenga barba ya no brilla como lo hacía antaño.

 

¡Qué ironía de la vida! Tú que has librado mil batallas y en todas has salido victorioso, no has sido capaz de vencer esta maldita herida infectada, tan pequeña pero tan mortal.

 

 

¡Oh Dios mío! Qué sola me dejas.

 

 

        He sufrido mucho porque no estabas nunca presente, que ibas y venías de un lado a otro, siempre viajando, que me tenías con el corazón en un puño, por esos caminos de Dios. Tan pronto estabas en Burgos como en Zaragoza, y yo sola con las niñas en Palencia, que no las viste crecer. Y qué me dices cuando te empeñaste en ir hasta Valencia, por unos meses decías, por esas tierras de moros, apresando y conquistando, que pasaste más de tres años en ganar aquellas villas. Me dijiste con lágrimas en los ojos: “Tenemos que separarnos, ya lo ves, los dos en vida, a ti te toca quedarte, a mí me toca la ida”. Pues te digo una cosa, que mil años han de pasar y no te podría perdonar, que los pasé encerrada entre cuatro paredes, estando en lo mejor de la vida. Que has de saber, que confundido estabas si creías que estaba bordando estolas para santos, que las agujas no se han hecho para mí. Mientras nuestras hijas bordaban su ajuar, yo deslizaba la pluma sobre alisados pergaminos que me salvaron de morir de melancolía. Cual Penélope, esperando su Ulises, yo tejía letras, las entrelazaba y después las volcaba sobre la fina piel de vitelo neonato, aunque luego, para que nadie lo leyera, los quemaba arrojándolos al fuego. Tenías que haber visto cómo ardían con el sebo, ascendían las pavesas que volátiles se esfumaban por la chimenea, como mis sueños.

 

Es que amor mío, mientras tú matabas moros yo mataba, de la mejor manera, el tiempo. ¡Ay! Si no hubiera sido por los libros del monasterio, no sé que hubiera hecho, porque los robaba del Scriptorium, que no me dejaste ni un marco de plata ni para comprar un folio apergaminado, que tú, te lo digo ahora que nadie nos escucha, no eras muy espléndido que digamos, que dejaste a los monjes de San Pedro de Cardeña tan solo mil marcos para que nos cuidasen a las tres, hasta tu vuelta, pues no nos llegó ni para alimentarnos seis meses, que no te cuento el hambre que pasamos, aunque luego, gracias a Dios, llegó tu primo Alvar Fáñez, por tu mandato, con oro y plata fina. Siempre tan atento, cumpliendo tus órdenes a rajatabla. Tenías que haberle visto, tan apuesto en su caballo, muy bien enfrenado, con la espada del arzón colgando, hincando las dos rodillas me besaba las dos manos, y empezó a hablar tan discreto, que yo no sabía dónde mirar con tan esforzado varón. Me mandabas a tu primo hermano para traerme noticas tuyas y llevarte él las mías, pero yo te quería a ti y tú diciendo que él era como tu mano derecha, tu brazo diestro, pero yo en aquel tiempo lo que ansiaba tener era todo tu cuerpo.

 

        ¡Caramba! Me estoy quedando helada del aire tan gélido que entra por esa ojiva, en esta noche de dolor de Jueves Santo, tan frío como tu frente o tus rígidas manos.

 

        Te digo otra cosa Rodrigo, que no ha sido fácil vivir así contigo de la Zeca a la Meca, que parecía que tenías culo de mal asiento. Si es que ya me lo advirtió mi madre, que en Gloria esté, y para eso tenía un ojo que no se le escapaba una: ”Mira hija, abre los ojos, no seas necia, que este hombre no te conviene, que ahora está con unos y luego con otros, queriendo complacer a todos, que solo va por su interés y sirve al que más le paga”, pero, a la sazón, yo no lo veía porque yo te quería y no veía con la venda que tenía en los ojos, y no es que no tuviese ningún otro pretendiente, que sin ir más lejos, mira tu vasallo Pedro Bermúdez, tenías que haber visto cómo se le iban los ojos al escote de mi brial, con decirte que en más de una ocasión tuve que pararle los pies. Ahora que lo pienso, tú sin embargo no paraste los pies a Urraca, que ya sé que Zamora no se conquistó en una hora, pero a la lagarta de su señora le bastaron cinco minutos para conquistarte ¡menuda pájara estaba hecha esa Urraca!, hay que ver cómo te tiraba los tejos y tú cómo los recogías, que yo no soy tonta aunque lo pareciera, que te gustaba más que a nuestro rey Don Alfonso, la mora Zaida. ¿Qué tendrán las moras que no tengamos las cristianas? Porque tu primo me confesó en una de sus visitas: “ Abrid los ojos Jimena, que vuestro marido  no está precisamente a la luna de Valencia y a vos os tiene aquí a dos velas…”

 

 

        ¡Cómo pasa veloz la noche, ya no tengo tiempo para  reproches! No quiero que te vayas todavía, ¡Cielo santo, ya canta el gallo! Tenemos que despedirnos amor mío, el final se acerca. Ya no sale de tus ojos llanto, que mucho héroe, mucho héroe, pero manantiales parecían cuando te cerraron las puertas en toda Castilla, que eso me lo contó tu primo, y es que, aunque parecías de hierro, debajo de esa armadura palpitaba un corazón blando, ahora parado. Te vi mojar tus barbas con amargas lágrimas cuando la afrenta a nuestras hijas ¡ En mala hora bordaron el ajuar, que nos salieron los yernos rana!

 

 

        Ya vuelve a cantar el gallo y todavía no te he contado lo que me oprime el pecho. Tengo que seguir vaciando todo lo que me pesa como un lastre, que ya va siendo hora de ir soltándolo. Pues vuelvo a acordarme nuevamente de mi madre, cuando me decía: “Jimena, estate atenta, que a la prima el primo se le arrima, y tu marido está ciego, no lo ve porque le ciega el oro del moro…” y lo que lograste es que tu brazo diestro, me trajera los abrazos que de ti me faltaron, que tú se lo decías metafóricamente y él se lo tomaba al pie de la letra. Menuda labia tenía Minaya, como quería que familiarmente le llamara, que no solo conquistó Guadalajara, sino a moras y a cristianas con sus palabras, que en eso estarás de acuerdo conmigo, que tú muy hábil con las armas, que en eso nadie te gana, pero muy parco en palabras. Cuando fue a por nosotras al monasterio para traernos junto a ti a Valencia, el Cielo se iluminó de nuevo para mí, estallando mi corazón de júbilo porque iba a volver a verte después de tanto tiempo. Minaya, tan culto tan caballero, me hablaba y me hablaba, haciendo más corto el camino, y yo me quedaba embobada escuchándole, en el fondo, te confieso ahora, que lo que realmente ansiaba es que faltasen mil leguas para atrasar la llegada, porque ¡ay! Rodrigo de mi alma, la galantería de tu primo, sus calzas prietas, su gallardía.. No puedo seguir…pero tengo que hacerlo.

 

 

Mi mula necesitaba abrevar su sed, además de descansar pues sus pezuñas sangraban de andar por esos caminos pedregosos, yo me quejaba continuamente, pero tu primo me animaba a continuar: “Si os hieren las piedras del camino, sonreíd porque camináis”.  Qué sabia reflexión, y es que tiene una labia y un piquito de oro. A lo lejos divisamos una frondosa vega, junto a un río y allí paramos, me ayudó a descabalgar, y yo bajé de mi mula casi flotando, las piernas me temblaban al sentir sus manos en mi cintura.

 

 

¡Virgen Santa! Que ya se están apagando los cirios y yo todavía no lo he soltado. Ya se escuchan los pasos, vienen a echarte la tapa porque el alba está rayando.

 

 

        Aquella noche la luna rielaba sobre las aguas del río, junto a la frondosa vega. Yo no sé lo que me pasó, te lo juro amor mío, pero allí sobre la fresca hierba “tu brazo diestro” me abrazaba con el siniestro, apeándome el trato: “tu marido no valora lo que tiene, con lo hermosa que tú eres. Es un necio porque cuando las mujeres son hermosas en sus cuerpos, han de excusar sus maridos todo fornicio” y a mí se me encendieron las mejillas y me derretí por dentro. Aunque yo quería soltarme, te lo juro, salir por espuelas, pero no lo hice, era joven todavía y no era de piedra. Quizá tu larga ausencia o la tentación que nos estaba rondando por el camino, pude haberlo evitado, pero caí de lleno en sus brazos. Ya no tengo tiempo de contarte lo que pasó bajo las estrellas, en aquella bucólica vega, además te revolverías en la caja y hasta eras capaz de levantar la cabeza.

 

 

Que yo no tuve la culpa Rodrigo, que mandaras a buscarme a tu primo hermano, el de la atrevida lanza. Fuiste tú el culpable, poniendo en él tu razón y tu esperanza, y él quiso siempre servirte como leal vasallo y mira, al final nos sirvió cumplidamente a los dos.

 

 

Por lo de aquella noche, descansa en paz, a nadie se lo he contado, porque lo que pasó en la vega se quedó en la vega.

 

 

        Las campanas llaman a maitines, Adiós mi amor, Mío Cid Requiescat in pace.

 

Rocío Ruiz Corredor


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sábado, 28 de junio de 2025

Killer. Relato de Libertad González





Las escenas se suceden vertiginosas, como un torrente imparable. Las imágenes confusas y extravagantes desfilan ante sus ojos. La gran avalancha de agua desciende por la avenida arrasando todo a su paso. Ella intenta nadar contra la corriente, pero la fuerza del agua la envuelve y la arrastra hasta el precipicio. Lucha desesperada suspendida al borde del acantilado, sus manos resbalan mientras siente la caída inminente.

Desde lo alto, su compañero la observa inmóvil con una sonrisa impasible —“Eres fuerte, tu puedes salir sola”, le dice, con voz lejana perdida entre el rugir del agua. Él no se mueve. ¿Por qué no hace nada por ayudarla? Se pregunta sin comprender su actitud.

La escena cambia de golpe. Ahora ella corre, corre frenética, descalza y desnuda, con el  cabello suelto y despeinado. Siente el frio de la noche sobre su piel  y corre. Corre con un gran cuchillo de cocina en la mano. Corre desorientada por  las calles desiertas. Ve una manzana brillante y tentadora sobre una mesa. Se detiene.  Clava con furia la afilada hoja en el corazón de la manzana. Del fruto brota sangre a borbotones.

Un grito en mitad de la noche rasga la oscuridad de la habitación. Despierta con un sobresalto, la respiración agitada y perlas de sudor cubriendo su cuerpo, el cuello, la frente. A su lado, su compañero duerme, inmóvil, echado en el otro lado de la cama con la espalda vuelta hacia ella. Lo mira con un suspiro de alivio.

 

Se levanta y camina hacia el baño. Abre el grifo, y el agua fría sobre su rostro le calma el ardor de las mejillas. “Gracias a dios, solo fue un sueño”, se repite a sí misma. “Solo un sueño… solo un sueño”, murmura de nuevo, mientras arroja la toalla ensangrentada al cubo de la ropa sucia.

 

“Killer” relato incluido en el libro Cualquier parecido con la Realidad. Treinta y cinco relatos entre lo cotidiano y lo insólito.

Disponible en Amazon tapa blanda y digital.
https://www.amazon.es/Cualquier-Parecido-Realidad-cotidiano-Escritores/dp/8412876164

 

 

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Libertad González

 

Coeditora y colaboradora de la revista De Sur a Sur Poesía y Artes Literaria en la que participa activamente con artículos Editoriales, artículos dedicados el senderismo poético, relatos, poemas, corrección de textos y diseño para De Sur a Sur Ediciones.


Autora de:
Cualquier parecido con la Realidad, libro de relatos.

Poemario Los Pasos Desnudos.
Instantes, libro de Haiku.
Presente en varias antologías y publicaciones.



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La dama del carrito. Relato de Eladia Tristán



Aquella mañana desperté embotada, por más que el sol luciera espléndido. Era uno de esos días en que nada parece justificar la tremenda nube gris que pesa sobre tu cabeza y andas buscando escurridizas razones para entender cómo te levantaste con el ánimo tan distante al del día anterior. Me ocurre a menudo. En días así suelo salir a la calle, tal vez para descartar que entre las cuatro paredes que delimitan mi existencia, se pueda encontrar la causa de esa neblina intelectual y moral que ocasionalmente me visita. Se trata de salir, salir de casa para exponer el rostro al aire, con la esperanza de que una brisa amable barra los nubarrones de mi alma.

            Esos días todo luce opaco, como contagiado por la misma espesura con la que yo amanezco. Y la alegría que observo en las gentes que transitan ajenas a mi insatisfacción me parece artificial y escurridiza. En esos días mi vista enfoca afines rostros demacrados de sonrisas ausentes, miradas perdidas, e incluso miradas que escrutan con descaro el dolor de los demás. Y yo siento que la vida me está mostrando su peor disfraz.

            Salí una mañana cualquiera de invierno con intención de distanciarme de mi morada y distraer mis pensamientos entre los stands de una ocasional feria del libro. Apenas había perdido de vista mi calle cuando un inoportuno tirón muscular me dejó casi inmovilizada y hube de renunciar a caminar, no así a mi objetivo matinal. El transporte público se presentaba como la única forma de llegar al centro de la ciudad y perderme entre casetas de libros antiguos, Premios Planeta, caprichosas ediciones, literatura infantil y un sinfín de cuadernos de papel para aficionados al arte de escribir a mano.

            Y siguiendo con la tónica de la mañana, la parada del bus, casi vacía, vaticinaba una larga espera al sol de un invierno insultantemente cálido. Sólo una mujer de atuendo anodino, armada con un vetusto carrito de la compra esperaba pacientemente la llegada del transporte. Mi mala memoria también tiene honrosas excepciones y reconocí en ella a una paciente psiquiátrica de mi época laboral anterior. Enseguida me vino a la mente su diagnóstico, aunque lamentablemente no su nombre. Recordé de ella anécdotas –los pacientes psiquiátricos siempre regalan anécdotas– así como el rapado y tinte de pelo que delataban la extraña situación en la que se encontraba su mente. También recordé su alta inteligencia y el porte educado con el que nos exponía sus estrafalarios planteamientos. Durante unos meses tuvimos que lidiar a menudo con esta mujer que, convencida de haber nacido para ayudar a los demás –algo que profesaba como una misión divina–,  trataba de persuadir a mi equipo para que la nombraran cuidadora de un familiar afectado de Alzheimer. Ella por su parte tenía reconocido un grado II de dependencia según la Ley del mismo nombre. Nada más llegar a la parada, traté inútilmente de buscar entre los recovecos de mi cerebro el nombre de la paciente, pero la información que me llegaba era un sinfín de datos diagnósticos y anécdotas que esta peculiar mujer protagonizó durante los meses que no anduvo recluida en una vivienda supervisada de la fundación para la integración social de personas con enfermedad mental.

            La mujer me miró directamente a los ojos y me preguntó qué línea de autobús esperaba. ¡Si supiera que lo que más me urgía era encontrar entre mis neuronas un nombre con el que enterrar tanta información sobre su persona! Se mostraba educada y mantenía una charla inteligente tal como yo la percibía diez años atrás. Se había dejado crecer el cabello, aunque ahora lo  sometía a un anticuado recogido que perfilaba un rostro extraño pero bondadoso. Su pregunta era una invitación al diálogo. No se conformó con saber la línea de autobús que yo tenía intención de coger, sino que me informó de haberlo visto pasar minutos antes de mi llegada y trató de amenizar la posible larga espera que yo tendría que soportar. Me tiró de la lengua e invitó a mantener una conversación que por sencilla que pareciera, no era en absoluto banal. Yo le hablé de las ventajas de caminar y ella me respondió con las bondades de la aceptación cuando algo deja de resultarte accesible. Me contó su plan de trasbordos:

            –Siempre cojo un autobús –me dijo– pero hoy tengo que tomar dos, en la siguiente parada enlazo con la línea tres que me deja muy cerca de mi casa.

            Fue el inicio de un diálogo acerca del calor excesivo a primeros de diciembre como efecto del cambio climático, de la necesidad de no usar el coche a cada momento, de los problemas de la contaminación a nivel mundial, de lo inaccesible de los coches eléctricos para la clase trabajadora, del dolor de los océanos... Ella procuró en todo momento calmar mi posible contrariedad por la espera y me sorprendió con un:

            –Si tiene usted internet en el móvil puede consultar la hora de llegada, así sabrá cuánto tiempo tiene que esperar.

            Reconocí enseguida unas habilidades sociales que consideraba perdidas en estos tiempos.

            Me contó que no pagaba internet y por eso no podía hacer la consulta en su propio celular. Me habló de la aplicación y se ofreció para ayudarme a instalarla en el mío, a consultarla y a pinchar en la opción correcta. ¡Ya está! Faltaban sólo ocho minutos. Comentamos que era grato esperar al sol en invierno y ella me hizo saber que el tiempo de espera era solo aproximado, que lo calculaba una máquina y a veces erraba. Percibí su empatía, incluso con las "máquinas". Fue ella quien me advirtió de que mi autobús estaba llegando y que habría de estar atenta pues si no le hacía una señal de parada, el conductor podría pasar de largo. Lo dijo con ternura, sin un ápice de tomarme por alguien que no supiera coger un trasporte público. O más aún, con la inteligencia natural de quien conoce las almas humanas y se siente llamada a cuidarlas. Yo subí primero y me acomodé en mi asiento. Le ofrecí a ella uno libre frente al mío, pero me recordó que se bajaba en la siguiente parada y se quedó de pie cerca de la puerta.

            Anduve todo el trayecto tratando sin resultado de encontrar su nombre. En mi fuero interno la bauticé como "la dama del carrito" por afinidad con el cuento de Chéjov y así pude despojar de mi memoria el diagnóstico psiquiátrico que le daba identidad. Durante días recordé los quince minutos compartidos con esa peculiar mujer en la parada del autobús. Y durante mucho tiempo, creo, recordaré su empatía, algo imprescindible para el cuidado de los demás. Una empatía que hizo olvidarme de los nubarrones con los que mi espíritu se despertó aquella mañana de diciembre, y disfrutar de un día espléndido, enseñándome "las bondades de la aceptación cuando algo deja de serte accesible".

 ***



Eladia Tristán (Almería)
, psicóloga, ha trabajado con la infancia más desfavorecida, una experiencia apasionante que le ha nutrido de historias de una sensibilidad excepcional. Desde muy joven, el amor por la literatura le ha permitido escapar, a través de la novela y el relato, de los claroscuros de la vida diaria, surgiendo así la necesidad de poner en palabras muchas historias gestadas a lo largo de los años, historias que tomaban vida propia, como si exigieran darse una segunda lectura y liberarse de sí mismas adoptando otro formato.


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viernes, 27 de junio de 2025

Hay un acosador entre los profes. Dora Isabel Berdugo Iriarte



Julián tiene 33 años, es bien parecido, responsable y respetuoso, sin duda alguna,

por eso, se ganó la confianza y el cariño de sus compañeras, quienes lo veían como su protector y líder. Luego de muchos tropiezos, decidió hacer una tecnología en turismo, yo lo conocí en el curso de Turismo Cultural, donde fui su maestra. Rápidamente tuvimos empatía, sin saber que era pariente de Jaime uno de mis estudiantes más queridos en otra universidad, donde trabajé, hacía algún tiempo. Cuando supimos esto, la confianza fue creciendo, al punto, que me convirtió en su consejera.

 

Un día a eso de las siete de la mañana, cuando me disponía a subir al aula, para mi primera clase de la mañana, Julián me interceptó cariacontecido a la subida de las escaleras y me comentó muy preocupado que había entre los profes un acosador. Julián tenía evidencias de las capturas y conversaciones en su móvil.

Me dijo deseaba denunciar este hecho. Le dije que agotáramos el conducto regular y estuvo de acuerdo con eso. Fuimos al decanato, el buscó a las víctimas, se les pidió que hicieran la denuncia formal, la decana le dio todas las garantías, pero las jóvenes decidieron callar.

 

Todos quedamos perplejos, cuando escuchamos que no harían ninguna denuncia,

le dijeron muy molestas a la decana que Julián estaba celosos del profe Rigo, porque ellas ya no querían andar con él, así que todo lo dicho por Julián, era una mentira. Según las chicas el profe era bueno y respetuoso con ellas. Entonces las confrontamos con las capturas de pantalla del móvil de Julián, enviadas por ellas mismas pidiendo su ayuda y todo se puso peor.

 

Gritaron, patalearon, lanzaron contra Julián cualquier cantidad de improperios y a al resto nos pidieron que no siguiéramos indagando, porque todo había sido un malentendido. Como las sabíamos víctimas intentamos persuadirlas, se les garantizó el apoyo de la institución, ya que, Julián era amigo personal de los dueños de la universidad y la decana gozaba de credibilidad ante las autoridades de esta, pero ellas alegaron que tenían derecho a su intimidad, ya eran mayores de edad y todo lo que se tenía como evidencias era consensuado.

 

Con ese discurso negacionista, amparadas en sus derechos fundamentales, pese a las evidencias contundentes en contra del maestro Rigo, nos tocó respetar el derecho a la privacidad. Indignados y maniatados, los presentes en esa reunión, no entendimos por qué decidieron proteger al victimario. Algo extraño sucede en la mente de quien no denuncia el abuso, pero gracias al silencio de las víctimas, hoy sigue en la universidad, un acosador identificado entre los profes

 

Dora Isabel Berdugo Iriarte

Cartagena de Indias, 20 de Julio del 2021




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viernes, 22 de marzo de 2024

La frontera

 

Estaba dicho. Su nombre no me decía gran cosa, pero sus ojos, su boca, su pelo, incluso su manera de hablar y de moverse, sobre todo cuando dejó el bolso colgado de su antebrazo para colgarse del mío mientras me hundía dentro de sus ojos con esa miraba afable que tal vez había heredado de su madre, sí su madre, esa señora que usaba postizos estratégicamente colocados para ocultar las duelas que la edad iba produciendo en su frente y especialmente en sus ojos y cuello. Usa peluca, le aseveró la niña, y ella no se hizo de rogar, era la forma de mantener su ego sin necesidad de mirar atrás y enfrentarse abiertamente a los espejos de su casa o a los nítidos reflejos de los escaparates. 

Ella, la niña, trabajaba en una empresa de reparto, manejaba la camioneta con destreza, era prudente en la conducción y especialmente diligente en las entregas. Es cierto que el sueldo no le daba para tanto, pero a favor, no le importaba seguir viviendo en la casa familiar, su madre no le imponía ninguna regla, se trataban como amigas y a veces hasta salían juntas de alterne.

Yo acabo de bajar del bus, fue casual el encuentro. Me invitó a merendar en su casa. Al entrar al salón observé un palo selfie con el trípode abierto, presto para ser usado.  La niña sonrió y me dijo —¿Listo para capturar el momento? Pero no era una simple foto lo que ella tenía en mente. El palo selfie era su herramienta secreta para viajar entre dimensiones dejando atrás lo común para explorar lo desconocido. Y yo acababa de cruzar la frontera entre lo ordinario y lo extraordinario.




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martes, 20 de febrero de 2024

Microrrelato. El Consolador por Libertad González

Tenían una cita por san Valentín. Todo estaba pensado: paseo romántico, candado en el puente del amor, cena con velitas  y ritual ardiente de pasión con esencias y pétalos de rosas.

No es que fuesen de celebrar este día comercial, pero sólo porque la propuesta provino de él, que no era nada detallista en estas cosas, le hizo mucha ilusión. Laura aceptó encantada.

Alucinó justo en el momento en que él propuso que a esta  celebración íntima se uniera Valentina.

- Es una amiga,  acaba de romper –dijo.

- Nosotros también –gruñó Laura, mientras se alejaba.

 

Ellos siguieron festejando indiferentes.


viernes, 29 de diciembre de 2023

Los juguetes sexuales de la nueva era. Michelle González


—Hola, Martina… cariño. ¿Cómo te fue en el trabajo?

 

—Muy bien. ¿Sabes que tengo un nuevo compañero?

 

—¿Chico o chica?

 

—Ninguno de los dos. Es un robot.

 

—¿Qué dices?

 

—Sí, encantador y muy trabajador. Me llevo genial con él.

 

—¡Pues yo también tengo una nueva compañera!

 

—¡¿Cómooo dices, Enzo?!

 

—Sí, y muy guapa. También es un robot. Y es muy buena y dulce. ¡Estoy encantado! —replicó con ojos brillantes.

 

—Estamos contentos con estas nuevas adquisiciones, estos robots que hemos comprado, que son muy atractivos...

 

—Ah. El mío es guapísimo: ojos azules, morenazo y super cachas, como me gustan a mí, y lo puedo dominar sexualmente. Con dos botones puedo hacer que vaya al ritmo que yo quiera.

 

—La mía no pone reparos para nada, se deja hacer de todo y no se queja. Además, es muy sexy y sensual, es insaciable. Seguro que te gustará a ti también, querida viciosilla.

 

—Yo no tendría celos tampoco de que te enrollaras con el mío... ¿Qué te crees?

 

—Vamos a probarlos por separado en nuestras habitaciones para familiarizarnos con ellos. ¿Qué te parece?

 

—Bien. Después nos contamos cómo fue.

En cuanto estuvieron a solas con los robots...

 

—Sabes, Samantha, supe que eras para mí en el instante que te vi en la tienda vestida de enfermera con esa falda. Sería tu mejor paciente, y tú mi maravillosa enfermera que me daría los mejores cuidados. Tus pezones apuntaban a mis ojos, grandes como me gustan, una cintura de avispa y unas nalgas redondas y turgentes. Cuando te vi, supe que eras para mí; la mujer perfecta. Tu triangulo de las Bermudas es el más bonito que he visto, y lo mejor es que puedo controlar cómo quiero que lo muevas. El placer que recibo nunca lo había experimentado; eres perfecta. Eres lo mejor que me ha pasado.

 

—Rocko, cuando te vi vestido de bombero con esos brazos y esa “manguera” perfecta, supe que me ibas a hacer feliz. Tenía muchas ganas de estar a solas contigo —dijo Martina a su robot—. Me encanta porque no hablas y no tengo que escuchar las tonterías de mi marido. Sólo estamos por lo que tenemos que estar: disfrutar del sexo. Siempre quise tener una pareja que le midiera veinticinco centímetros. Me encanta poder controlar mi placer y que siempre estés listo cuando me ves. Además, tu sexo es perfecto: gordo y redondo, como me gusta. Me estás haciendo gozar como nadie... Con mi marido siempre tengo que fingir los orgasmos. Y contigo descubrí que soy multiorgásmica.

Al cabo de un rato largo…

 

—Cariño, ¿cómo estás? ¿Cómo te fue?

—Normal. No es lo mismo, cariño. Es más frío. Te prefiero a ti, mi amor, con lo dulce que eres. Esto solo lo usaré los días que te duela la cabeza o tengas la regla o estés de viaje. ¿Y tú, cómo vas con Rocko?

 

—No sé. Me ha gustado mucho, pero te sigo prefiriendo a ti. Lo usaré solamente cuando vayas a ver el fútbol con tus amigos. Un momento, amor. Voy a la cocina.

 

—Cariño, ¿otra vez con la muñeca? ¡Qué ansioso! —exclamó Martina.

 

—Se me quedó enganchada y no puedo sacarla —dijo Enzo con el rostro enrojecido.

 

—Ay, los hombres... Siempre con las prisas... Samantha no es una mujer real, no le has dado tiempo a lubricar. Ya sabes, cuando estés caliente y la necesites recuerda que hay que engrasarla. Mira que eres ansioso. Voy por el aceite para que puedas sacarla.

 

—Cariño, ¿qué? Mira detrás de ti. ¿Por qué pones esa cara? Es tu robot.

 

—¿Cómo ha venido caminado hacia aquí? Mira, están hablando entre ellos en un idioma raro que desconocemos. ¡¿Qué está pasando?!

 

Súbitamente se hizo un breve silencio y se escucharon gritos angustiados con voces quebradas de horror y terror, que en el piso hacían eco. Gritaban y gritaban y en un instante las voces se quebraron.

 

 Al cabo de lo que pareció un largo silencio, Rocko , algo compungido, acertó a decir:

 “Samantha... Los teníamos que matar... Estos humanos estaban abusando de nosotros... ¡También tenemos nuestros derechos!”.

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