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lunes, 5 de agosto de 2019

Me ocurre lo que suele ocurrirle a cualquier hombre


La reina de las vacas es un ciempiés que se harta de yerba y de mirarme


Me ocurre hoy lo que suele ocurrirle a cualquier hombre. Pero eso que me ocurre viene de muy antiguo. Es remoto el impulso. Y sin ser santo de mi devoción me compongo derecho y miro al norte. 
Silbo como si estuviera solo. Ensayo gestos y dicciones en el espejo. Y quiero convencerme y me convenzo que es un regalo esto que me pasa. Más siendo esta la edad en que todas las amapolas ya han sido fumadas y los santos también han sido ya maldecidos. 
Ay! Recobrar las fuerzas arrojadas en las sombrías lunas del pasado. Que abominé de patrias y conjuros por alcanzar la altura de un pájaro sin alas, doy fe que el frío y el amor es semilla posada en la serena cumbre de tus manos cuando toda la noche viene a reposar en ellas. 
Oh la trémula estría de los vientres, esa imposible niña de tus ojos que abandona en sus sienes el mármol de tu pecho. Oh simiente, jardín libre de noches donde guardan las pieles todo un sinfín de sueños donde prender hogueras con todo el oro de manzanas en su talle. 
Y siento, horriblemente siento, que no me quedan uñas. Que el mar es el desgarro donde ahogan las horas el tiempo maldecido. Un ocaso. Un espejo donde mi cara nuestra todo un ocio de estrellas muriendo entre mis ojos. 
Todo esto para decir, sin titubeos. Y yendo al grano, que me enamoré de esta vaca De su aplomo sin pausa. Me sedujeron sus formas de apacible mirada, su estar sin estar me mostraron la calma. 
La reina de las vacas es un ciempiés que se harta de yerba y de mirarme. Derrama su pelaje en los relojes y el cielo y cada estrella es su casa. Serena encrucijada decidir las hechuras del metal, cuando toda la sangre viste verde y el suelo de la tierra es un príncipe con todas las hechuras del azul. Y todo el camino es aire, es agua sin paredes. Un húmedo calor el que pisamos.
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Las horas mansas. Fragmento


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