martes, 30 de septiembre de 2025

El eterno drama del desayuno y otros infortunios ocasionales. Javier Amable


Efectivamente, el eterno drama del desayuno.
Sí, el universo conspira contra nosotros, no creo en la casualidad ni en la mala suerte, en cuestión de tostadas con mantequilla, la física nos toma el pelo una vez sí y otra también.


¿Qué está pasando realmente?

•    Altura de la mesa: Las mesas suelen tener una altura de entre 70 y 90 cm. Desde esa distancia, la tostada tiene tiempo para girar aproximadamente medio giro antes de tocar el suelo.
•    Momento angular: Al deslizarse o caerse, la tostada no cae plana, sino que empieza a rotar. Esa rotación, combinada con la altura, hace que el lado que estaba arriba (el de la mantequilla) termine abajo.
•    No es el peso de la mantequilla: Aunque muchos piensan que el lado untado pesa más, su influencia sobre el centro de gravedad es mínima. El giro es lo que realmente determina cómo cae.

Curiosidad científica

Este fenómeno ha sido estudiado seriamente. De hecho, el físico Robert Matthews ganó un premio Nobel en 1996 por investigar por qué la tostada cae del lado untado. Y sí, si la mesa fuera más alta, la tostada podría completar un giro completo y caer con la mantequilla hacia arriba.

La principal razón de que la tostada caiga siempre por el lado que esté untado, es la altura de la mesa (Matthews, 1995). Las tostadas se colocan sobre la mesa con el lado untado hacia arriba.
¿Cómo podríamos remediarlo?
¿Una mesa más alta? ¿Una tostada con más grueso de mantequilla?

Pues no, según parece no es la Ley de Murphy… es la ley de la física haciendo su espectáculo cada mañana.

Pero no nos alarmemos, sabemos algunos trucos para evitar el desastre.
Usa platos más grandes: Si la tostada tiene más superficie donde aterrizar, hay menos probabilidad de que se caiga.

Evita el borde de la mesa: Coloca la tostada más lejos del borde para reducir el riesgo de caída accidental.

Aumenta la altura de caída (ponla en algún lugar más alto de la mesa): Si la tostada cae desde más alto, puede completar una rotación completa y aterrizar con la mantequilla hacia arriba. Pero claro, esto no es muy práctico ni recomendable en el día a día.

Usa tostadas más pequeñas o más gruesas: Cambiar la masa y el tamaño puede alterar el centro de gravedad y la velocidad de rotación.

Pon la mantequilla en el centro: Si la untas solo en el centro, el peso se distribuye mejor y puede influir en cómo gira.

Técnica ninja, infalible: Si ves que va a caer, ¡lánzate como un héroe del desayuno y atrápala al vuelo! , pero cuidado, no recomendado si tienes café caliente en la otra mano.

 

Infortunios diversos que debemos hacer frente sí o sí.
Pero, de alguna manera y lamentablemente, en el día a día hay más infortunios al estilo de "si la tostada cae al suelo, siempre cae del lado de la mantequilla":

-Si un día te levantas con ganas de procrastinar, al día siguiente te levantarás con ganas de procrastinar sobre la procrastinación.
-La clave para entender el universo es saber que nunca lo entenderás del todo, y eso es lo más maravilloso.
-Si buscas algo que has perdido, siempre estará en el último lugar donde mires... porque ahí es donde dejas de buscar.
-La vida es como una caja de bombones: nunca sabes cuándo te tocará uno que no te gusta, pero siempre te comes el resto.
-Si un problema tiene solución, ¿para qué preocuparse? Y si no la tiene, ¿para qué preocuparse?
-El mejor momento para empezar algo nuevo es siempre ayer, pero como eso no es posible, el segundo mejor momento es ahora... o quizás mañana.
-Si te caes siete veces, levántate ocho, pero asegúrate de que la octava vez sea para sentarte y descansar.
-La verdad duele, pero la mentira te hace tropezar con ella más tarde o más temprano.
-Si algo puede salir mal, saldrá mal... y probablemente en el momento más inoportuno posible.-
-La felicidad es como la señal de internet: a veces va genial, a veces se corta, y otras veces, simplemente no hay.

Espero que te gusten y te inspiren. ¡Son frases que invitan a la reflexión con una sonrisa!

 

Imagen: Pxbay


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Canto Menor, Poemas de Yuleisy Cruz Lezcano


Canto menor

de Yuleisy Cruz Lezcano


Isla sumergida


La ruta se ha perdido,

y el eco del timón canta 

lenguas muertas.
La quilla encalla
un juramento roto
en rocas salientes,
heridas de sal 

que sangran memorias.


Aquí, entre las olas,
reflejos de espejos y epitafios,
el tiempo marca el umbral sombrío
de la mítica isla bella

que un día fue corona.


Oh tú, viajera de los hechizos,
caminante de los bordes del sueño,
te veo deshaciendo
altos bordes helados,
que abren páginas
de un libro olvidado 
por el invierno.

Surcas lenta y leve, 
en equilibrio sobre una barca,
te balanceas sobre olas de oro
pegadas a los ojos,
al sol como dos pájaros de nácar
abrazas sueños  
en la caída del día.

Gráciles redes rubias
aprisionan la hora,
esa hora del temblor y del presagio.

Nacen escalofríos,
y crecen voces tristes,
y en la ribera desgarrada
silbando el llanto de las cañas rotas,
miran fieras claras y tiembla
un eco desde el follaje, 
acaricia el espeso silencio.

Se ve el ocaso derramarse
como sangre celeste
en la garganta del río.

Y tú…
tú eras y eres un ser marino,
dejas en mis labios el eco
de un viejo naufragio,
el sabor salobre
de un amor arcaico.

Pasaste y continuas a pasar 
por mi pecho
como las luces de un barco
que navega de noche.

Tú, que seguiste
la ruta secreta de la estrella polar,
tú, que dejaste una estrella
en el hueco del sueño,
allí donde tu cabeza
reposaba como fruta callada,
ahora dentro de mí
caminas por los bosques,
descalza y sonámbula.

Cuando despiertes
hallarás en tu hombro
una pluma, es mía.

Te he seguido
paso a paso,
como un ave nocturna,
como un conjuro hecho sombra.

Volveré a ser la malabarista,
la que juega con silencios,
donde fluyen tus aguas.

Pero no quiero…
no quiero que el arco de tus pestañas
arme la última flecha.

¿Dónde llevaré
este viejo corazón mío,
sino a encallar,
una vez más,
en la isla que ya no existe?

No pudiste decirle adiós

No pudiste decirle adiós,
la marea te arrancó de su abrazo
antes de que tu voz
rompiera el aire con su nombre.

Zarpaste sin mirar atrás,
con el alma hecha equipaje,
y en los bolsillos,
el naufragio del exilio.

El viento, traidor y seco,
no te trajo gurapo,
solo aguas amargas,
que arden como cartas no escritas.

La ruta se ha perdido,
la quilla encalla
en días sin patria,
en costas que no pronuncian 
tu lengua.

Te crecieron en la sien
las canas dulces de la nostalgia,
esas que no pesan,
pero duelen con ternura.

Y ahí, entre las olas,
aún se marca el lugar
donde la isla se hundió…
y con ella, tu último hogar.

En pedazos

Vives en pedazos,
como un espejo roto que aún refleja el cielo.

No hay mapa para los días sin orilla,
ni brújula para el alma que ha naufragado.

La quilla atraviesa huracanes,
pero tu pecho es más frágil que el viento.

Cada noche es un puerto que no reconoces,
cada sueño, una grieta 
donde canta el silencio.

Aún así, cantas.

Como en La nave va,
cuando el barco se hunde
y las voces se elevan sobre el abismo.
La fiesta de los peces olvidados
es el faro:
se enciende, y con ella tú
más viva, más heroica que nunca.

Un dulce pensamiento de paso 
flota, como ceniza de ternura 
sobre el mar, se abre una silueta,
mujer de poetas,
guarda en su aliento
el eco de los cerezos 
que los poetas soñaron.

Bajo la roca de los poetas,
la vida aún respira
como lo hacen los cuentos,
los pétalos, los niños y el amor.

El naufragio de Eneas

¡Timonel, ten cuidado! La marea
oscura nos asalta sin clemencia.

¡La ruta, la ruta…! Perdida esencia
de un rumbo que en la noche se voltea.

¿Timonel, qué haces? ¡Oh Padre Enea!,
la pérfida diosa, con violencia,
mandó a Morfeo, y su fatal presencia
llevó a Palinuro donde no hay idea.

Con artes siniestras lo durmió el sueño,
y el mar lo devoró con cruel lamento.

Ahora, a la deriva, sin diseño,
nos mecen las olas, sin fundamento,
presos del torbellino más pequeño,
sin faro, sin fe, sin presentimiento.

Canto menor al ornitorrinco

Demasiado fácil rimar la espuma,
los delfines felices, las gaviotas
que danzan con el viento,
como si el mundo fuera un poema simple.

Yo prefiero cantar al olvidado,
al torpe héroe de barro y agua dulce,
el que pone huevos sin pedir permiso,
mamífero sin ley ni linaje.

Ornitorrinco: tu nombre es un acertijo,
una burla de la lengua a la razón.

Llevas veneno dormido en las orillas,
un secreto antiguo bajo escamas,
y aun así eres paz:
cazador de sombras blandas,
te nutres del temblor que deja el barro,
sueñas en estanques sin memoria,
bajo luciérnagas cansadas,
donde el cielo se disuelve 
en las raíces del agua.

Navegas bajo la noche del sur,
deslizas tu forma entre reflejos rotos.

Eres eco sin voz,
presencia que apenas roza la materia
que te mantiene,
en una vibración de la palabra.



***


Yuleisy Cruz Lezcano. Nació en la isla de Cuba el 13 marzo de 1973, vive en Marzabotto (Bolonia; Italia). Trabaja en la salud pública. fue candidata al Premio Strega en Italia, con su último libro “Di un’altra voce sarà la paura”, que presentará en el Salone Internazionale del libro di Torino.




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lunes, 29 de septiembre de 2025

Raíz de Olivo. Relato de Eladia tristán


En De Sur a Sur Revista de Poesía y Artes Literarias, relato breve Raíz de Olivo, de la escritora Eladia Tristán. Había en él una curiosidad inusual, una chispa que se encendía cuando algo le fascinaba, entregándose a ello sin reservas. Pero en aquellas tareas que no eran de su interés, se mostraba esquivo, huraño...


***


Apenas estacionó el coche al volver del trabajo, el teléfono sonó. En la pantalla apareció el logotipo del Centro de Acogida. "Ya podrían dejarme tranquilo de una vez", murmuró sin atreverse a ignorar la llamada.

 –Sergio, es necesario que vengas. Hemos recibido a siete menores de una patera. Tienen entre catorce y dieciséis años y no son precisamente fáciles de encauzar. Ninguno habla español ni francés. Te necesitamos –dijo el compañero.

 –Está bien, Ramón, voy de camino, pero quiero un día de compensación en Navidad –respondió casi molesto.

 

El grupo, inusualmente uniforme, parecía una excursión escolar. Los chicos habían alcanzado el mar de Alborán, donde su cayuco fue interceptado por las autoridades costeras. A pesar de la dureza de la travesía, se encontraban relativamente bien. Hablaban únicamente árabe, aunque no era difícil adivinar que detrás de las barreras del idioma había un acuerdo implícito para dificultar las cosas a los educadores de "La Casa", el internado al que fueron enviados.

 

El subdirector se dirigió a ellos en su idioma. Les explicó el protocolo a seguir y las normas del centro, haciendo hincapié su estricto cumplimiento, en el respeto al personal educativo y entre ellos mismos. Les habló de las distintas instituciones por las que habrían de pasar los próximos días, el objetivo de reunificación familiar y la inmediata escolarización.

 

Después, pidió a su compañero que les mostrara las dependencias y los acompañara a acomodarse en su grupo de convivencia antes de cenar. Él los esperaría en el comedor. Allí solía observar la interacción entre ellos. Los chicos quedaron exhaustos después de la cena y de la obligatoria ducha. Al día siguiente les esperaba la primera clase de español para extranjeros.

 

–Maestro, yo te conozco –dijo el chico a la mañana siguiente mientras le entrevistaba.

 

–Tú eres el que sube las montañas en bicicleta–. De una sola mirada recorrió todos los objetos de la habitación, reparando en las fotos y en el caracol de madera. –Eso lo vendía yo. –Observó orgulloso.

 

Sí, era el mismo niño que le vendió el caracol. Había crecido, pero seguía teniendo la misma mirada inteligente. Resultaba difícil olvidar la astucia de aquel chiquillo que conoció en uno de sus viajes por la cordillera del Atlas Sergio se acercó al despacho de su compañero con la necesidad apremiante de comentarle sus impresiones.

 

–Eh, Ramón, conozco a uno de los chicos, es el más bajito de todos. Es el mismo que me vendió el caracol que tengo en el despacho. Debía de tener unos once años cuando lo conocí.

 

Ahora andará por los catorce.

 

–¿Estás seguro?

 

–Tan seguro como que habla francés, algo de inglés y no me extrañaría que conociera el español.

 

–Pues entonces, no entiendo qué pretenden, porque ha sido imposible sacarles una sola palabra.

 

Karim no tardó en destacar entre sus compañeros. Había en él una curiosidad inusual, una chispa que se encendía cuando algo le fascinaba, entregándose a ello sin reservas. Pero en aquellas tareas que no eran de su interés, se mostraba esquivo, casi ausente. Tampoco era fácil de llevar. Cuestionaba las normas con una mezcla de astucia y descaro, manteniendo el punto exacto de tensión para no ser sancionado. Conocía la fortaleza de cada educador y manejaba la convivencia en La Casa con la habilidad de un maestro en artes marciales, poniendo en jaque a los adultos. Sin embargo, se podía contar con él. Quizá por ello a su tutor le sorprendió tanto que se negara a participar en las actividades de preparación de la Navidad. Ese fue el comienzo de unos días difíciles en los que el chico fue tornándose cada vez más huraño y solitario.

 

Aquella mañana el subdirector lo llamó al despacho. Karim acudió contrariado, pero a Sergio no se atrevía a retarle. Lo respetaba y sentía afecto sincero hacia él.

–De ese tema no voy a hablar –respondió cuando le preguntó por sus padres. Según la ficha policial el menor era huérfano desde muy corta edad.

–Entonces háblame de tu familia.

–Mi abuelo es pastor y mi tío cultiva la tierra. Ya lo sabes, ¿puedo irme?

–¡No! Se ha encontrado una navaja en tu armario. De sobra sabes que las armas están prohibidas. Es lo último que esperaba de ti. Antes de que te trasladen a un centro reeducativo, quiero que me des una explicación.

Sergio sabía que era difícil obtener una respuesta. También sabía que no le mentiría, pero le había decepcionado. Había confiado demasiado en este chico, quizá sobrevaloró su potencial.

Delante del muchacho redactó la propuesta de cambio de centro y, contrariado, le informó de su nuevo destino. Karim, erguido en el asiento, escuchaba con la mirada fija en el caracol que servía de pisapapeles. Detrás de esa mirada casi ausente, se podía vislumbrar la sombra de un profundo dolor encapsulado tal vez desde la infancia. Mientras concluía el protocolo, pensaba en lo difícil que resultaría acceder a ese dolor desde las estrictas normas de un centro correctivo.

A media tarde se percataron de que el menor se había fugado. De su armario sólo faltaba el grueso anorak y la cartera con el poco dinero reunido de las pagas semanales. A Sergio siempre le invadía la impotencia mientras esperaba a que la policía admitiera la denuncia de fuga. Era un tiempo vital para buscarlo, que se perdía en el estúpido entramado de la burocracia.

El chico no volvería por su cuenta. Pensó en los riesgos que corre un adolescente vulnerable, fugado del único hogar que conocía en España.

–He hablado con el grupo –le comunicó Ramón al volver–, ninguno sabe nada. Tan sólo Ahmed, su compañero de habitación dice que Karim tenía unos primos en el barrio, pero que él no intimaba demasiado con ellos.

–Habrá que indagar, me tiene muy preocupado.

Al terminar el trabajo, ya entrada la noche, el subdirector decidió buscarle por los barrios donde vivían sus compatriotas, con los ojos bien abiertos y un paquete de cigarrillos en el bolsillo. El tabaco facilita la conversación entre desconocidos, pero no encontró rastro alguno de un chico de catorce años, bajito, con anorak azul y gorra deportiva. Nada.

 

A esa hora, a más de quinientos kilómetros de La Casa, Karim amenizaba el viaje de unos conocidos camino de Francia.

Sergio necesitaba encontrar una razón para entender la fuga. Pidió información en distintos organismos. Desde servicios sociales internacionales le llegó un escueto informe que tradujo del árabe. Sus padres, emigrantes en Bélgica, habían fallecido en accidente de tráfico en España el veinticuatro de diciembre de 2015, quedando a cargo de su abuelo, con sólo cinco años. Lo anotó todo en su ficha.

Era la una de la madrugada cuando se produjo la discusión. A punto de repostar en San Sebastián, Karim calculó el coste de su viaje, incluidos los bocadillos, y entregó treinta euros al conductor antes de que éste llenara el depósito. Se bajaba allí.

–¿Treinta euros?, ¿con esto vas a pagar el viaje? –dijo uno de ellos– ¿Y la protección que te hemos dado, no vale nada?

–¡Mira su cartera, seguro que esconde mucho más! –ordenó el otro.

Impotente, vio cómo se apoderaban del único billete que le quedaba, despreciando las monedas. Se zafó de ellos a patadas y mordiscos, con una rabia contenida desde que le comunicaran el cambio de centro. Arropado por la oscuridad, corrió hasta un contenedor de basura cercano y saltó dentro. Aún escuchaba a sus conocidos vociferando. Recordó los momentos de su travesía. Si resistió el frío y la sed apremiante sin poder moverse en el cayuco, también podía resistir allí. En eso pensaba cuando escuchó unos pasos acercarse hacia él. La puerta abatible del contenedor se abrió con violencia y una bolsa de basura grasienta rodó hasta sus pies. De nuevo contuvo la respiración y el llanto, que pujaba por arruinarle el escondite, hasta que distinguió el ruido del Volkswagen alejarse. Aún habría que esperar para salir de allí.

Al amanecer se acercó a la gasolinera para sacar un chocolate caliente de la máquina. Y entonces sí, sabiéndose a salvo, se permitió llorar, entre sorbos de cacao humeante, camino del lugar donde sus padres se hicieron la última foto.

No le costó llegar hasta aquella playa. Dos grandes esculturas forjadas en hierro se agarraban a las rocas de la costa. De mayor, pensó, él también quería esculpir en hierro. No solo en madera de olivo, como hacía con su abuelo. Quería trabajar el metal, hacerse famoso, dejar su escultura en el lugar donde... buscó una canción para tararear, desechando esos pensamientos que a punto estaban de provocarle el llanto por segunda vez esa mañana. Corrió descalzo por la arena, cantando y gritando, dejándose mojar por las olas, las mismas olas que había contemplado cientos de veces en la foto de sus padres. Cuando apretó el hambre, buscó quien le condujera hasta la policía.

 

Era hora de regresar a casa.

Sergio buscó por última vez entre las pertenencias del chico. No podía abandonarlo a su suerte. Se preguntaba si tendría un diario, era el único con disciplina para hacerlo. Inspeccionó sus libros y cuadernos, llenos de dibujos en los márgenes, algunos de curiosas formas geométricas. Abrió cajones, levantó la cama... No encontró nada, salvo un abultamiento entre la gomaespuma del colchón, que se apresuró a descubrir. No podía creerlo. Allí estaba el cuerpo del delito: una colección de figuritas de madera se desplegó ante sus ojos como auténticas obras de arte. Entre ellas destacaba un busto tallado en raíz de olivo. Lo palpó y acarició con los ojos cerrados. Un escalofrío recorrió su espalda mientras reconocía en él su propio retrato tallado con la navaja que encontraron en el armario del chico. Karim había esculpido el caracol que le vendió años atrás, y ahora el busto de Sergio, captando su personalidad, su esencia. Entendió entonces su admiración por ciertas esculturas, los dibujos en los márgenes de los libros y el arma blanca encontrada en el armario. Recopiló el material y lo estudió a conciencia. Buscó en internet los dibujos. Existían. Dos de las figuras cobraron de repente significado. La fuga del menor, también. La denuncia en la policía seguiría su curso. Pero él tenía una pista.

Condujo toda la noche. Llegó a San Sebastián a medio día y fue directo a la playa, sin prisas, oteando los rincones en busca de un adolescente rebelde con sueños de grandeza. Sintió la magia de ese lugar, donde los vientos juegan entre las voluminosas figuras de hierro agarradas a la roca, desafiando al mar. Los Peines del Viento de Chillida le impactaron y calmaron su alma a partes iguales. Karim le había llevado hasta allí, ante esas impresionantes esculturas, en busca de un sueño fuera de lo común. Localizó la comisaría de policía más próxima, dispuesto a interceder para que activaran la búsqueda del menor. Y allí lo encontró, entre mantas y una bebida caliente, prestando declaración, dispuesto a volver a tierras almerienses. Se fundieron en un abrazo.

Las armas blancas no están permitidas en La Casa, ni siquiera para tallar madera. Karim cumplió seis meses de internamiento en un centro correctivo donde semanalmente podía recibir la visita de un familiar o responsable. Sergio no faltó a ninguna. A la salida, su tutor lo esperaba con el motor del coche encendido.

–Me alegro de verte –dijo mientras le recogía la bolsa de viaje.

–Yo también, maestro.

En la pantalla del navegador parpadeó un número internacional. Salam respondió pasando el teléfono al chico. –Es para ti.

Desde el asiento, Karim miraba a su tutor con ojos acuosos y la emoción contenida en la garganta, mientras se despedía de su abuelo. Con apenas un hilo de voz preguntó:

–¿De verdad no tengo que volver al centro, maestro?

–A partir de ahora seré sólo Sergio. Te vienes a vivir conmigo. He solicitado tu acogimiento familiar y tu abuelo ha estado conforme. Después del verano harás un ciclo formativo de escultura en piedra. Lo siento chico, pero no hay dinero para la escuela de Chillida.

***

Eladia Tristán (Almería, España), psicóloga, ha trabajado con la infancia más desfavorecida, una experiencia apasionante que le ha nutrido de historias de una sensibilidad excepcional. Desde muy joven, el amor por la literatura le ha permitido escapar, a través de la novela y el relato, de los claroscuros de la vida diaria, surgiendo así la necesidad de poner en palabras muchas historias gestadas a lo largo de los años, historias que tomaban vida propia, como si exigieran darse una segunda lectura y liberarse de sí mismas adoptando otro formato. 



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Agustín Gómez Arcos: La identidad de un exiliado. Reseña de Magdalena Peralta



En De Sur a Sur Revista de Poesía y Artes Literarias, Magdalena Peralta, reivindica la figura del escritor almeriense exiliado Agustín Gómez Arcos, es situarse en París, en el cementerio de Montmartre, lugar donde yacen los grandes.

***



De las circunstancias y la búsqueda de sí mismo, atrapado por el silencio, surge la personalidad de este escritor almeriense exiliado, Agustín Gómez Arcos, nacido en 1933 Enix (Almería). Su capacidad de observación, le permite jalonarse de una formación autodidacta.

La vida de Agustín Gómez Arcos es, ante todo, una historia de superación personal y profesional. Sus distintos destinos por la geografía, le llevan al encuentro con la vida cultural del momento: Almería, Barcelona, (donde inicia la carrera de Derecho), después de tres años de estudio, Agustín decide que su verdadera vocación es la literatura, y se traslada a Madrid. Allí entra en contacto con el mundo del teatro y, aunque interesa, (prestigiosos premios Lope de Vega, Calderón de la Barca,) se impide su representación.

Agustín, vislumbra su futuro como escritor y marcha a Londres. Posteriormente, en Mayo de 1968, se instala, definitivamente, en París. Allí conoce el francés literario, lo que le permite escribir gran parte de su obra en francés; paradójicamente su obra, aunque está afincada en España, triunfa en Francia. Aparece en los programas educativos de los Liceos franceses. Un escritor admirado por François Mitterrand pues, cada nueva novela era esperada, como un viejo ritual, por el chófer del presidente de la República en su domicilio.

Un escritor francófono, aunque comprometido con su país de origen, al que se le conceden como finalista, los más prestigiosos premios de la literatura francesa, incluido el Goncourt. Condecorado con la Orden de las Artes y de las letras francesas, con grado de caballero en 1985 y Oficial en 1995. Galardones que se han concedido a personalidades de la talla de Pablo Picasso, Rafael Alberti.

En su obra, Agustín, crea personajes con carácter pero, también, se encuentran acomodatidicios en una burguesía, incipiente y banal, para crear una historia de seres: sin rumbo, en un viaje iniciático al conocimiento y reafirmación. También, una llamada de esperanza, ahínco, coraje. Una historia donde, “las circunstancias, cambian más al hombre que los años”.

Un escritor de identidades confusas, ante una personalidad, que ha sabido dar nombre a su ciudad en la búsqueda desconcertada de su propia identidad.

Reivindicar, la figura de Agustín Gómez Arcos, es situarse en París, en el cementerio de Montmartre, lugar donde yacen los grandes.

Magdalena Peralta

________________________
Agustín Gómez Arcos
(Enix, Almería, España, 15 de enero de 1933 - París, 20 de marzo de 1998),


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Hambrientos de poesía: ¡la mesa está servida!




Soy un ser harapiento que nutre su pereza

aislando a las manzanas
  Alonso de Molina




Obviamente los editores de esta nueva edición de “Un humano cualquiera”, desconocen que al igual que Oliverio Girondo estoy en contra de los prólogos, y como el autor de “Veinte poemas para ser leídos en un tranvía”, intenté por años ser como un guerrillero contra los prólogos.

Cuando publicó los “Veinte poemas para ser leídos en un tranvía” en 1922, Girondo lo prologó con una carta a su amigo Evar Méndez, diciéndole que un libro (y más uno de poesía) se debe explicar por sí mismo, sin prólogos que lo justifiquen o lo defiendan.

Desconocen (los editores de esta nueva edición) que creo como Almuneda Grandes que los verdaderos prólogos son capítulos o paginas cero.

Sin embargo, Girondo escribió un prólogo. Es un texto antes del libro que, de alguna manera, justifica, sino los poemas, al menos el hecho de que carezcan de prólogo. Se podría titular en lugar de Prólogo, a secas, algo así como A manera de prólogo, que es otra categoría que ha atacado a los más extraños, inadecuados, incoherentes o irreverentes prólogos de la historia de la literatura. Por otra parte, ha dado lugar también a grandiosos trabajos, muy adecuados como la antesala del texto cuya lectura desean compartir.

Leí una y otra vez, los poemas de “Un humano cualquiera” y me detuve en la “introducción” donde Alonso de Molina expone que “…Escribir, de alguna manera, es transmitir a los demás aquello que llevamos dentro, un relámpago, quizá, o, tal vez, un hambre.” Hambre que en mí se despliega noche a noche con la lectura (antes de dormirme) de un poema, que bien pudo ser “Fue así que me parió mi madre” -que a mi también me parió mi madre no una noche de enero, sino un casi mediodía de febrero- o “El mismo hambriento de siempre” o “Ardiendo en el perfume que regala la noche”.

Nuevos poemas fueron agregados a esta segunda edición quizá –no lo sé, lo intuyo- para que en la “Mesa de los poetas” (de la que habló Apollinaire- no falte nada, sin “derroches de silencios” […] “ya que palabras que no importan nada” , y en esa curiosidad que me obsesiona me pregunto por la “presencia” de Neruda como llave de muchos poemas de Alonso de Molina. ¿Por qué?... Habitante de esta otra orilla de la Mar Océano de las palabras, asumo que “la mente es un volcán / que trasciende la vida / con la pasión de un abrazo.”

Propongo leer “Un humano cualquiera”, precisamente como un humano cualquiera, rodeado de relámpagos y con el corazón hambriento.

Propongo, leer noche tras noche un poema antes de dormir, porque “la poesía está en la calle, ha entrado de lleno en nuestras vidas con toda la fuerza del desorden, con todo el inconformismo y todas las decepciones que podemos ser capaces de soportar.”

Hambrientos de poesía: ¡la mesa está servida”.

Jorge Carrol
Guatemala, marzo 2020

 

imagen PXB


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