sábado, 28 de junio de 2025

Ocho Poema de José Manuel Fernández Febles


DERROTAMOS EL INSOMNIO

 

 

Hoy te pido el instante que me deje ver

 

donde los sueños me ofrezcan hospedaje

 

para conservar tu vida.

 

 

 

Fuimos dos corazones que latían

 

en un solo y tranquilo cuerpo,

 

y derrotamos al perezoso insomnio

 

porque dormía los sueños esperados.

 

 

 

  

 

VOLVERÉ

 

 

 

Hay momentos que ignoro quién soy,

 

la impertinencia me cubre el día,

 

y cada noche me llama al inquieto

 

pasado donde un rostro inolvidable

 

sea demostración de uno mismo.

 

 

 

Yo volveré a ser el mañana,

 

porque sé que la ausencia tan sentida

 

guarda en mi corazón deseos prisioneros

 

de un bello amanecer.

 

 

 

 

 

SIN CESAR

 

África Herrera

 

 

 

¿Por qué tan infeliz? Mas qué tristeza

 

te llega sin razón por tu camino

 

si eres primavera

 

que avanza sin cesar por su ancho río.

 

 

 

Te late el corazón, revolotea,

 

en reto colosal, soy su testigo;

 

tú sola eres poema,

 

sueño de amor, cantar de verde olivo.

 

 

 

Para este desembarco que nos duele

 

llegué hasta tu cielo,

 

ganada la ribera a la corriente.

 

 

 

Allí encontrarás luna, amor, que espere

 

el día del encuentro,

 

sonrisas que no mueren con la muerte.

 

 

 

 

 

ENVEJECEMOS

 

 

 

Sobre las aguas del Duero,

 

que cubre tu amanecer dorado,

 

alba y vida no son mías.

 

 

 

Clarea el cielo

 

y seremos dos almas que envejecen

 

sin saberlo.

 

 

 

Mañana seguiremos

 

a fuerza de ser sinceros

 

con la verdad que se oculta

 

en este infortunado mundo,

 

con lágrimas de pena

 

aquí tan solo y sin abrir los ojos.

 

 

 

 

 

 ME DESCUBRO

 

 

 

Sabes, por la certeza de mi voz,

 

que me sobran razones

 

para legitimar un adjetivo

 

en este anochecer por ti habitado.

 

 

 

Segura debe ser tu imagen,

 

para elevar la acción

 

donde nada se oculta en la mañana,

 

que niega del ayer

 

la infinita tristeza que tú has degollado.

 

 

 

Al final de la noche, sentimos la lluvia,

 

el reloj liberado de un avanzar sin luz,

 

para dejar las razones que, libres, se abrazan

 

en el tiempo fugaz de este otro mundo.

 

 

 

 

 

ES LA FE

 

 

 

Este incendio que abrasa

 

los días azotados del pasado,

 

que, golpeando mi historia,

 

se alzan a la luz como

 

un nuevo amanecer que me lleva

 

sobre ti derramado.

 

 

 

Juntos dejamos huellas en nuestra

 

feliz mirada

 

sin perder la fe

 

de la inquieta certeza,

 

después de haber vivido sin vida

 

para seguir amándote.

 

 

 

 

 

LA VOZ ALZADA

 

 

 

La soledad la puebla un amargo desnudo

 

como presume la infinita distancia.

 

 

 

Nos despojamos de un beso

 

cuando murió la noche,

 

te escribí desde un sueño que interrogaba

 

desde lo más profundo del alma,

 

y te he llamado con el ansia sufrida

 

de un cielo que, alumbrado de gris, me llama

 

sin poder en tu ausencia donde sé que vives

 

al compás de una lágrima

 

que no cabe en mi mano.

 

 

 

En la misericordia de la esperanza

 

que ampara tu encendida ausencia,

 

dentro de mí no cabe tu tiempo

 

donde tu aliento y tu voz alzada

 

serán la gloria de un gran sentimiento.

 

 

 

 

 

UN AMARGO DESEO

 

 

 

La soledad la puebla un amargo deseo

 

que me acerca a ti tan frágil

 

en esta solapada ironía

 

donde a solas me hiere el alma.

 

 

 

Me pregunta

 

sobre la incertidumbre de un mundo

 

que no quiso nacer junto a la ofensa,

 

solo para abrir los brazos

 

al inmenso calor de una noche transitada

 

con la colección de un goce.

 


Nací en el valle de la Orotava, Isla Canaria de Tenerife. Licenciado en Ciencias Empresariales y tres cursos en Filosofía y Letras, habiendo publicado 35 Poemarios, siendo los 15 últimos por medio de la "Editorial entre las nubes", en Santa Cruz de Tenerife, dirigido por la Doctora Elena Morales". Durante muchos años viajó por América.

Un cordial saludo, desde la soledad de mi isla.
José Manuel F. Febles



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Killer. Relato de Libertad González





Las escenas se suceden vertiginosas, como un torrente imparable. Las imágenes confusas y extravagantes desfilan ante sus ojos. La gran avalancha de agua desciende por la avenida arrasando todo a su paso. Ella intenta nadar contra la corriente, pero la fuerza del agua la envuelve y la arrastra hasta el precipicio. Lucha desesperada suspendida al borde del acantilado, sus manos resbalan mientras siente la caída inminente.

Desde lo alto, su compañero la observa inmóvil con una sonrisa impasible —“Eres fuerte, tu puedes salir sola”, le dice, con voz lejana perdida entre el rugir del agua. Él no se mueve. ¿Por qué no hace nada por ayudarla? Se pregunta sin comprender su actitud.

La escena cambia de golpe. Ahora ella corre, corre frenética, descalza y desnuda, con el  cabello suelto y despeinado. Siente el frio de la noche sobre su piel  y corre. Corre con un gran cuchillo de cocina en la mano. Corre desorientada por  las calles desiertas. Ve una manzana brillante y tentadora sobre una mesa. Se detiene.  Clava con furia la afilada hoja en el corazón de la manzana. Del fruto brota sangre a borbotones.

Un grito en mitad de la noche rasga la oscuridad de la habitación. Despierta con un sobresalto, la respiración agitada y perlas de sudor cubriendo su cuerpo, el cuello, la frente. A su lado, su compañero duerme, inmóvil, echado en el otro lado de la cama con la espalda vuelta hacia ella. Lo mira con un suspiro de alivio.

 

Se levanta y camina hacia el baño. Abre el grifo, y el agua fría sobre su rostro le calma el ardor de las mejillas. “Gracias a dios, solo fue un sueño”, se repite a sí misma. “Solo un sueño… solo un sueño”, murmura de nuevo, mientras arroja la toalla ensangrentada al cubo de la ropa sucia.

 

“Killer” relato incluido en el libro Cualquier parecido con la Realidad. Treinta y cinco relatos entre lo cotidiano y lo insólito.

Disponible en Amazon tapa blanda y digital.
https://www.amazon.es/Cualquier-Parecido-Realidad-cotidiano-Escritores/dp/8412876164

 

 

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Libertad González

 

Coeditora y colaboradora de la revista De Sur a Sur Poesía y Artes Literaria en la que participa activamente con artículos Editoriales, artículos dedicados el senderismo poético, relatos, poemas, corrección de textos y diseño para De Sur a Sur Ediciones.


Autora de:
Cualquier parecido con la Realidad, libro de relatos.

Poemario Los Pasos Desnudos.
Instantes, libro de Haiku.
Presente en varias antologías y publicaciones.



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Tres poemas de Mayra R. Encarnación Meléndez


Poeta

lúgubre noche de palabras
azota tu conciencia
tocas el lóbulo de tu mirada
desde el espasmo del verbo
zarandeas la cadencia

armonizas el verso

apolillas los recuerdos
retoña la madreselva
cubierta por el hervor del tiempo
deshojas la flor
desparramas la semilla

a paso lánguido
acompasado

viertes cundeamor
buganvilias
girasoles y orquídeas
amapolas y heliconias
sobre la tierra fecunda
repiquetea el ruiseñor
pregonando el despliegue del licor
pregona la palabra
su entrada se aloja
en el vértigo de tu voz
suenan las campanas
desbordadas de conjugación
no es por mí
ni por ti
resuenan por la ausencia
alardean por los caminos truncos
de aquellos que advirtieron
el adiós

Conforme a mi voluntad

Conforme a su voluntad
caminé desabrigada de soplo propio
revestida de galones ancestrales
mi canto destronado
no retoñaba soles
ni pregonaba aires redentores
Conforme a su voluntad
enredé el jardín originario
mientras entretejía la cola de la serpiente
en mis patrias subcutáneas
Conforme a su voluntad
representé los soles truncos
en otros cuerpos
escalé cada peldaño
cargando acuestas la misión de otros
sin aliento
con constelaciones de ligaduras
encandilé mis entrañas
Desafié la naturaleza
-creada-
rescaté a mis ovarios
atasqué el destilar de los tiempos
Conforme a mi voluntad
derribé la sombra de mis veredas
distancié mi paso del sol envilecido
despedacé mis ornamentos
apagué el ocaso
cargué con los libros
el ropero viejo
mis piezas artesanales
mi cuaderno de anotaciones
el cajón del olvido…
Repiqué las sonajas de mis muertos

Respiré la estela de cada atadura
Resoplé el atajo de mis veredas
Embestí mi presencia

P.D. Conforme a mi voluntad.

Nombrarme

Fundirme en el silencio
de mi piel
hasta desterrar el laberinto
de mi ceguera
Labro los cimientos
Abro las zanjas de olvidos
Requiebro la ensoñación
de otros cantos de sirena
Fundirme en el silencio de mi sombra
hasta eternizar en el camino solitario
nombrar mi paso
reavivar mi existencia
Nom
      brar
            me




Mayra R. Encarnación Meléndez
, trabaja en la Universidad de Puerto Rico en Carolina. En octubre de 2014 participó en el 13° Encuentro Internacional de Poetas y Narradores de Las Dos Orillas, y el 3er Congreso Americano de Literatura, celebrado en Uruguay.






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La dama del carrito. Relato de Eladia Tristán



Aquella mañana desperté embotada, por más que el sol luciera espléndido. Era uno de esos días en que nada parece justificar la tremenda nube gris que pesa sobre tu cabeza y andas buscando escurridizas razones para entender cómo te levantaste con el ánimo tan distante al del día anterior. Me ocurre a menudo. En días así suelo salir a la calle, tal vez para descartar que entre las cuatro paredes que delimitan mi existencia, se pueda encontrar la causa de esa neblina intelectual y moral que ocasionalmente me visita. Se trata de salir, salir de casa para exponer el rostro al aire, con la esperanza de que una brisa amable barra los nubarrones de mi alma.

            Esos días todo luce opaco, como contagiado por la misma espesura con la que yo amanezco. Y la alegría que observo en las gentes que transitan ajenas a mi insatisfacción me parece artificial y escurridiza. En esos días mi vista enfoca afines rostros demacrados de sonrisas ausentes, miradas perdidas, e incluso miradas que escrutan con descaro el dolor de los demás. Y yo siento que la vida me está mostrando su peor disfraz.

            Salí una mañana cualquiera de invierno con intención de distanciarme de mi morada y distraer mis pensamientos entre los stands de una ocasional feria del libro. Apenas había perdido de vista mi calle cuando un inoportuno tirón muscular me dejó casi inmovilizada y hube de renunciar a caminar, no así a mi objetivo matinal. El transporte público se presentaba como la única forma de llegar al centro de la ciudad y perderme entre casetas de libros antiguos, Premios Planeta, caprichosas ediciones, literatura infantil y un sinfín de cuadernos de papel para aficionados al arte de escribir a mano.

            Y siguiendo con la tónica de la mañana, la parada del bus, casi vacía, vaticinaba una larga espera al sol de un invierno insultantemente cálido. Sólo una mujer de atuendo anodino, armada con un vetusto carrito de la compra esperaba pacientemente la llegada del transporte. Mi mala memoria también tiene honrosas excepciones y reconocí en ella a una paciente psiquiátrica de mi época laboral anterior. Enseguida me vino a la mente su diagnóstico, aunque lamentablemente no su nombre. Recordé de ella anécdotas –los pacientes psiquiátricos siempre regalan anécdotas– así como el rapado y tinte de pelo que delataban la extraña situación en la que se encontraba su mente. También recordé su alta inteligencia y el porte educado con el que nos exponía sus estrafalarios planteamientos. Durante unos meses tuvimos que lidiar a menudo con esta mujer que, convencida de haber nacido para ayudar a los demás –algo que profesaba como una misión divina–,  trataba de persuadir a mi equipo para que la nombraran cuidadora de un familiar afectado de Alzheimer. Ella por su parte tenía reconocido un grado II de dependencia según la Ley del mismo nombre. Nada más llegar a la parada, traté inútilmente de buscar entre los recovecos de mi cerebro el nombre de la paciente, pero la información que me llegaba era un sinfín de datos diagnósticos y anécdotas que esta peculiar mujer protagonizó durante los meses que no anduvo recluida en una vivienda supervisada de la fundación para la integración social de personas con enfermedad mental.

            La mujer me miró directamente a los ojos y me preguntó qué línea de autobús esperaba. ¡Si supiera que lo que más me urgía era encontrar entre mis neuronas un nombre con el que enterrar tanta información sobre su persona! Se mostraba educada y mantenía una charla inteligente tal como yo la percibía diez años atrás. Se había dejado crecer el cabello, aunque ahora lo  sometía a un anticuado recogido que perfilaba un rostro extraño pero bondadoso. Su pregunta era una invitación al diálogo. No se conformó con saber la línea de autobús que yo tenía intención de coger, sino que me informó de haberlo visto pasar minutos antes de mi llegada y trató de amenizar la posible larga espera que yo tendría que soportar. Me tiró de la lengua e invitó a mantener una conversación que por sencilla que pareciera, no era en absoluto banal. Yo le hablé de las ventajas de caminar y ella me respondió con las bondades de la aceptación cuando algo deja de resultarte accesible. Me contó su plan de trasbordos:

            –Siempre cojo un autobús –me dijo– pero hoy tengo que tomar dos, en la siguiente parada enlazo con la línea tres que me deja muy cerca de mi casa.

            Fue el inicio de un diálogo acerca del calor excesivo a primeros de diciembre como efecto del cambio climático, de la necesidad de no usar el coche a cada momento, de los problemas de la contaminación a nivel mundial, de lo inaccesible de los coches eléctricos para la clase trabajadora, del dolor de los océanos... Ella procuró en todo momento calmar mi posible contrariedad por la espera y me sorprendió con un:

            –Si tiene usted internet en el móvil puede consultar la hora de llegada, así sabrá cuánto tiempo tiene que esperar.

            Reconocí enseguida unas habilidades sociales que consideraba perdidas en estos tiempos.

            Me contó que no pagaba internet y por eso no podía hacer la consulta en su propio celular. Me habló de la aplicación y se ofreció para ayudarme a instalarla en el mío, a consultarla y a pinchar en la opción correcta. ¡Ya está! Faltaban sólo ocho minutos. Comentamos que era grato esperar al sol en invierno y ella me hizo saber que el tiempo de espera era solo aproximado, que lo calculaba una máquina y a veces erraba. Percibí su empatía, incluso con las "máquinas". Fue ella quien me advirtió de que mi autobús estaba llegando y que habría de estar atenta pues si no le hacía una señal de parada, el conductor podría pasar de largo. Lo dijo con ternura, sin un ápice de tomarme por alguien que no supiera coger un trasporte público. O más aún, con la inteligencia natural de quien conoce las almas humanas y se siente llamada a cuidarlas. Yo subí primero y me acomodé en mi asiento. Le ofrecí a ella uno libre frente al mío, pero me recordó que se bajaba en la siguiente parada y se quedó de pie cerca de la puerta.

            Anduve todo el trayecto tratando sin resultado de encontrar su nombre. En mi fuero interno la bauticé como "la dama del carrito" por afinidad con el cuento de Chéjov y así pude despojar de mi memoria el diagnóstico psiquiátrico que le daba identidad. Durante días recordé los quince minutos compartidos con esa peculiar mujer en la parada del autobús. Y durante mucho tiempo, creo, recordaré su empatía, algo imprescindible para el cuidado de los demás. Una empatía que hizo olvidarme de los nubarrones con los que mi espíritu se despertó aquella mañana de diciembre, y disfrutar de un día espléndido, enseñándome "las bondades de la aceptación cuando algo deja de serte accesible".

 ***



Eladia Tristán (Almería)
, psicóloga, ha trabajado con la infancia más desfavorecida, una experiencia apasionante que le ha nutrido de historias de una sensibilidad excepcional. Desde muy joven, el amor por la literatura le ha permitido escapar, a través de la novela y el relato, de los claroscuros de la vida diaria, surgiendo así la necesidad de poner en palabras muchas historias gestadas a lo largo de los años, historias que tomaban vida propia, como si exigieran darse una segunda lectura y liberarse de sí mismas adoptando otro formato.


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viernes, 27 de junio de 2025

Hay un acosador entre los profes. Dora Isabel Berdugo Iriarte



Julián tiene 33 años, es bien parecido, responsable y respetuoso, sin duda alguna,

por eso, se ganó la confianza y el cariño de sus compañeras, quienes lo veían como su protector y líder. Luego de muchos tropiezos, decidió hacer una tecnología en turismo, yo lo conocí en el curso de Turismo Cultural, donde fui su maestra. Rápidamente tuvimos empatía, sin saber que era pariente de Jaime uno de mis estudiantes más queridos en otra universidad, donde trabajé, hacía algún tiempo. Cuando supimos esto, la confianza fue creciendo, al punto, que me convirtió en su consejera.

 

Un día a eso de las siete de la mañana, cuando me disponía a subir al aula, para mi primera clase de la mañana, Julián me interceptó cariacontecido a la subida de las escaleras y me comentó muy preocupado que había entre los profes un acosador. Julián tenía evidencias de las capturas y conversaciones en su móvil.

Me dijo deseaba denunciar este hecho. Le dije que agotáramos el conducto regular y estuvo de acuerdo con eso. Fuimos al decanato, el buscó a las víctimas, se les pidió que hicieran la denuncia formal, la decana le dio todas las garantías, pero las jóvenes decidieron callar.

 

Todos quedamos perplejos, cuando escuchamos que no harían ninguna denuncia,

le dijeron muy molestas a la decana que Julián estaba celosos del profe Rigo, porque ellas ya no querían andar con él, así que todo lo dicho por Julián, era una mentira. Según las chicas el profe era bueno y respetuoso con ellas. Entonces las confrontamos con las capturas de pantalla del móvil de Julián, enviadas por ellas mismas pidiendo su ayuda y todo se puso peor.

 

Gritaron, patalearon, lanzaron contra Julián cualquier cantidad de improperios y a al resto nos pidieron que no siguiéramos indagando, porque todo había sido un malentendido. Como las sabíamos víctimas intentamos persuadirlas, se les garantizó el apoyo de la institución, ya que, Julián era amigo personal de los dueños de la universidad y la decana gozaba de credibilidad ante las autoridades de esta, pero ellas alegaron que tenían derecho a su intimidad, ya eran mayores de edad y todo lo que se tenía como evidencias era consensuado.

 

Con ese discurso negacionista, amparadas en sus derechos fundamentales, pese a las evidencias contundentes en contra del maestro Rigo, nos tocó respetar el derecho a la privacidad. Indignados y maniatados, los presentes en esa reunión, no entendimos por qué decidieron proteger al victimario. Algo extraño sucede en la mente de quien no denuncia el abuso, pero gracias al silencio de las víctimas, hoy sigue en la universidad, un acosador identificado entre los profes

 

Dora Isabel Berdugo Iriarte

Cartagena de Indias, 20 de Julio del 2021




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