Ars Poética
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ISSN 2660-7239 (España) De Sur a Sur Revista #Poesía y Artes Literarias es una publicación digital sin ánimo de lucro que publica las creaciones de autores de España y América Latina. Publicamos tu Libro Electrónico. España y Latinoamérica. Contacta con nosotros.
En De Sur a Sur Revista de Poesía y Artes Literarias, nuevo libro de poemas de la poeta Ivonne Sánchez Barea, premiado en la IX Edizione 2025 SENECA, Sannicandro di Bari, en fecha 04-10-2025
Es una canción telúrica, este libro. Un viaje entre raíces y grietas, entre voces que buscan la redención y silencios ancestrales. Una colección de poemas, estos textos que están en un territorio sagrado en el que la memoria y la identidad están entrelazan con la fuerza simbólica de la Tierra.
Sobre la voz del autor:
Ivonne Sánchez - Barea nos comunica desde una profunda dimensión, en la que la experiencia individual se diluye en una conciencia colectiva e histórica.
El lenguaje es al mismo tiempo refinado y denso, construido con imágenes evocadoras y musicalidad sostenida.
La tierra se convierte en sujeto vivo, herida, madre, sacramento, testigo del dolor y la resistencia.
La estructura y el ritmo:
Las letras son intensas y vibrantes, pero siempre medidas. Su fuerza radica en su capacidad de "murmurar firmemente".
El espacio en blanco, el ritmo, el peso de cada palabra se manejan con arte y respeto poético.
El bilingüismo (castellano e italiano) amplifica la voz del libro, convirtiéndolo en un puente entre culturas y sensibilidad.
Temas y símbolos recurrentes:
Enraizando: el árbol sagrado, la ceiba, las raíces cósmicas.
Memoria y luto: fotos de niños privados de alegría, guerras sembradas en la tierra.
Feminidad ancestral: la maternidad, el cuerpo, el nido, el gesto de siembra.
Elementos naturales: barro, agua, semillas, frutas, paisajes anónimos, cielos y cuevas.
Homenaje y resistencia:
El homenaje a García Lorca recorre toda la obra: no sólo como dedicación, sino como un eco poético que vive en la letra.
Sed Tierra / Siate Terra: Es un libro de poema que se resiste con dignidad: no grita, no acusa, sino que se revela con poder ético y simbólico. Es un libro que convierte la elegía en semilla, el olvido en raíz, el dolor en canción.
Al final de la lectura, algo ha cambiado: el lector está más cerca de la tierra, de la fragilidad humana, de la esperanza que surge del gesto poético.
“Poeta, de la familia mariposa-circense,
atravesado por un alfiler, vitrina 5”.
(Voy, con ustedes, a verme)"
De tener que creer,
de optar por una religión
profesaría la divina fe de los elementos:
buscaría la perfección.
Hablaría del bien y de mal
sin conocer el bien ni juzgar el mal;
me comería todos los pecados del mundo
(y fecalmente los descargaría en su propia impiedad)
y tan vulgares los haría
que nadie volvería a creer en las culpas.
Después escogería la certeza divina
de los locos poetas (por cierto, ¿quién designa a los poetas?),
esos subordinados celestes de dios
que no aprietan sus dientes terrenales
en los perdidos páramos de la fe
ni dan la mano sin realzar sus alabanzas.
Huérfano de emociones,
sin la naturaleza de la poesía,
nos hallamos desérticos, baldíos y desnudos:
un modelo uniforme de estéril melodía.
Sin cantos que alabar sobre nosotros mismos,
nuestra sombra dirige un cortejo de árboles,
distraídos, sin savia,
bailando insatisfechos de hierbas y preceptos;
los músculos vacíos sin creatina feroz,
sin cosas importantes que atender
(por cierto, ¿quién decide qué cosas son importantes?).
¿Y qué elegantes manos no se deforman ni se manchan?.
Tampoco se destiñen en la lluvia los párpados mestizos
ni un ánfora es la incierta mujer
con los brazos abiertos a la espera de semen.
Que una palabra dulce es un paisaje abierto al corazón de la tierra,
a un enorme jardín sin esclavos ni exilios ni rendiciones ni afonías,
es la luz despejada de puertas y de úteros.
Soy demasiado tonto para creer en mí.
Sin matar una mosca o sentir culpa por nada,
no suelo respetar las reglas -aunque las conozca todas-;
así y todo, una víbora
podrá un día morderme algún miembro
para que únicamente los puros
consigan derribarme,
echarme a un lado y taponarme alguna herida.
No voy a detener mis pasos
ni a elevar mi silencio a ninguna cumbre,
no es de una enfermedad de lo que deba curarme…
renegamos de todo
y luego nos morimos de soledad.
Cucha Sabines, mucho aprendí de dios, de ti.
©Alonso de Molina
Jaime Sabines Gutiérrez (Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, 25 de marzo de 1926-Ciudad de México; 19 de marzo de 1999) fue un poeta y político mexicano, reconocido como uno de los grandes poetas mexicanos del siglo XX
Un escalofrío recorre todo mi cuerpo al posar mis labios en tu marmórea frente, de lo helada que la tienes, como el resto de tu yerto cuerpo. Tu luenga barba ya no brilla como lo hacía antaño.
¡Qué ironía de la vida! Tú que has librado mil batallas y en todas has salido victorioso, no has sido capaz de vencer esta maldita herida infectada, tan pequeña pero tan mortal.
¡Oh Dios mío! Qué sola me dejas.
He sufrido mucho porque no estabas nunca presente, que ibas y venías de un lado a otro, siempre viajando, que me tenías con el corazón en un puño, por esos caminos de Dios. Tan pronto estabas en Burgos como en Zaragoza, y yo sola con las niñas en Palencia, que no las viste crecer. Y qué me dices cuando te empeñaste en ir hasta Valencia, por unos meses decías, por esas tierras de moros, apresando y conquistando, que pasaste más de tres años en ganar aquellas villas. Me dijiste con lágrimas en los ojos: “Tenemos que separarnos, ya lo ves, los dos en vida, a ti te toca quedarte, a mí me toca la ida”. Pues te digo una cosa, que mil años han de pasar y no te podría perdonar, que los pasé encerrada entre cuatro paredes, estando en lo mejor de la vida. Que has de saber, que confundido estabas si creías que estaba bordando estolas para santos, que las agujas no se han hecho para mí. Mientras nuestras hijas bordaban su ajuar, yo deslizaba la pluma sobre alisados pergaminos que me salvaron de morir de melancolía. Cual Penélope, esperando su Ulises, yo tejía letras, las entrelazaba y después las volcaba sobre la fina piel de vitelo neonato, aunque luego, para que nadie lo leyera, los quemaba arrojándolos al fuego. Tenías que haber visto cómo ardían con el sebo, ascendían las pavesas que volátiles se esfumaban por la chimenea, como mis sueños.
Es que amor mío, mientras tú matabas moros yo mataba, de la mejor manera, el tiempo. ¡Ay! Si no hubiera sido por los libros del monasterio, no sé que hubiera hecho, porque los robaba del Scriptorium, que no me dejaste ni un marco de plata ni para comprar un folio apergaminado, que tú, te lo digo ahora que nadie nos escucha, no eras muy espléndido que digamos, que dejaste a los monjes de San Pedro de Cardeña tan solo mil marcos para que nos cuidasen a las tres, hasta tu vuelta, pues no nos llegó ni para alimentarnos seis meses, que no te cuento el hambre que pasamos, aunque luego, gracias a Dios, llegó tu primo Alvar Fáñez, por tu mandato, con oro y plata fina. Siempre tan atento, cumpliendo tus órdenes a rajatabla. Tenías que haberle visto, tan apuesto en su caballo, muy bien enfrenado, con la espada del arzón colgando, hincando las dos rodillas me besaba las dos manos, y empezó a hablar tan discreto, que yo no sabía dónde mirar con tan esforzado varón. Me mandabas a tu primo hermano para traerme noticas tuyas y llevarte él las mías, pero yo te quería a ti y tú diciendo que él era como tu mano derecha, tu brazo diestro, pero yo en aquel tiempo lo que ansiaba tener era todo tu cuerpo.
¡Caramba! Me estoy quedando helada del aire tan gélido que entra por esa ojiva, en esta noche de dolor de Jueves Santo, tan frío como tu frente o tus rígidas manos.
Te digo otra cosa Rodrigo, que no ha sido fácil vivir así contigo de la Zeca a la Meca, que parecía que tenías culo de mal asiento. Si es que ya me lo advirtió mi madre, que en Gloria esté, y para eso tenía un ojo que no se le escapaba una: ”Mira hija, abre los ojos, no seas necia, que este hombre no te conviene, que ahora está con unos y luego con otros, queriendo complacer a todos, que solo va por su interés y sirve al que más le paga”, pero, a la sazón, yo no lo veía porque yo te quería y no veía con la venda que tenía en los ojos, y no es que no tuviese ningún otro pretendiente, que sin ir más lejos, mira tu vasallo Pedro Bermúdez, tenías que haber visto cómo se le iban los ojos al escote de mi brial, con decirte que en más de una ocasión tuve que pararle los pies. Ahora que lo pienso, tú sin embargo no paraste los pies a Urraca, que ya sé que Zamora no se conquistó en una hora, pero a la lagarta de su señora le bastaron cinco minutos para conquistarte ¡menuda pájara estaba hecha esa Urraca!, hay que ver cómo te tiraba los tejos y tú cómo los recogías, que yo no soy tonta aunque lo pareciera, que te gustaba más que a nuestro rey Don Alfonso, la mora Zaida. ¿Qué tendrán las moras que no tengamos las cristianas? Porque tu primo me confesó en una de sus visitas: “ Abrid los ojos Jimena, que vuestro marido no está precisamente a la luna de Valencia y a vos os tiene aquí a dos velas…”
¡Cómo pasa veloz la noche, ya no tengo tiempo para reproches! No quiero que te vayas todavía, ¡Cielo santo, ya canta el gallo! Tenemos que despedirnos amor mío, el final se acerca. Ya no sale de tus ojos llanto, que mucho héroe, mucho héroe, pero manantiales parecían cuando te cerraron las puertas en toda Castilla, que eso me lo contó tu primo, y es que, aunque parecías de hierro, debajo de esa armadura palpitaba un corazón blando, ahora parado. Te vi mojar tus barbas con amargas lágrimas cuando la afrenta a nuestras hijas ¡ En mala hora bordaron el ajuar, que nos salieron los yernos rana!
Ya vuelve a cantar el gallo y todavía no te he contado lo que me oprime el pecho. Tengo que seguir vaciando todo lo que me pesa como un lastre, que ya va siendo hora de ir soltándolo. Pues vuelvo a acordarme nuevamente de mi madre, cuando me decía: “Jimena, estate atenta, que a la prima el primo se le arrima, y tu marido está ciego, no lo ve porque le ciega el oro del moro…” y lo que lograste es que tu brazo diestro, me trajera los abrazos que de ti me faltaron, que tú se lo decías metafóricamente y él se lo tomaba al pie de la letra. Menuda labia tenía Minaya, como quería que familiarmente le llamara, que no solo conquistó Guadalajara, sino a moras y a cristianas con sus palabras, que en eso estarás de acuerdo conmigo, que tú muy hábil con las armas, que en eso nadie te gana, pero muy parco en palabras. Cuando fue a por nosotras al monasterio para traernos junto a ti a Valencia, el Cielo se iluminó de nuevo para mí, estallando mi corazón de júbilo porque iba a volver a verte después de tanto tiempo. Minaya, tan culto tan caballero, me hablaba y me hablaba, haciendo más corto el camino, y yo me quedaba embobada escuchándole, en el fondo, te confieso ahora, que lo que realmente ansiaba es que faltasen mil leguas para atrasar la llegada, porque ¡ay! Rodrigo de mi alma, la galantería de tu primo, sus calzas prietas, su gallardía.. No puedo seguir…pero tengo que hacerlo.
Mi mula necesitaba abrevar su sed, además de descansar pues sus pezuñas sangraban de andar por esos caminos pedregosos, yo me quejaba continuamente, pero tu primo me animaba a continuar: “Si os hieren las piedras del camino, sonreíd porque camináis”. Qué sabia reflexión, y es que tiene una labia y un piquito de oro. A lo lejos divisamos una frondosa vega, junto a un río y allí paramos, me ayudó a descabalgar, y yo bajé de mi mula casi flotando, las piernas me temblaban al sentir sus manos en mi cintura.
¡Virgen Santa! Que ya se están apagando los cirios y yo todavía no lo he soltado. Ya se escuchan los pasos, vienen a echarte la tapa porque el alba está rayando.
Aquella noche la luna rielaba sobre las aguas del río, junto a la frondosa vega. Yo no sé lo que me pasó, te lo juro amor mío, pero allí sobre la fresca hierba “tu brazo diestro” me abrazaba con el siniestro, apeándome el trato: “tu marido no valora lo que tiene, con lo hermosa que tú eres. Es un necio porque cuando las mujeres son hermosas en sus cuerpos, han de excusar sus maridos todo fornicio” y a mí se me encendieron las mejillas y me derretí por dentro. Aunque yo quería soltarme, te lo juro, salir por espuelas, pero no lo hice, era joven todavía y no era de piedra. Quizá tu larga ausencia o la tentación que nos estaba rondando por el camino, pude haberlo evitado, pero caí de lleno en sus brazos. Ya no tengo tiempo de contarte lo que pasó bajo las estrellas, en aquella bucólica vega, además te revolverías en la caja y hasta eras capaz de levantar la cabeza.
Que yo no tuve la culpa Rodrigo, que mandaras a buscarme a tu primo hermano, el de la atrevida lanza. Fuiste tú el culpable, poniendo en él tu razón y tu esperanza, y él quiso siempre servirte como leal vasallo y mira, al final nos sirvió cumplidamente a los dos.
Por lo de aquella noche, descansa en paz, a nadie se lo he contado, porque lo que pasó en la vega se quedó en la vega.
Las campanas llaman a maitines, Adiós mi amor, Mío Cid Requiescat in pace.
Rocío Ruiz Corredor